Número 8 | Octubre 2017


Presentación del eje 4

En este número incluimos la presentación del cuarto eje de trabajo Hombres y (su) obsesión: ¿es lo mismo ser obsesivo que ser hombre? a cargo de Edgar Vázquez en la cual hace un repaso de los fundamentos freudianos del tema. A continuación, un apunte de Carolina Puchet que sitúa la estructura como respuesta a la ausencia de la relación sexual. Y finalmente, cerramos el boletín con el trabajo de José Juan Ruiz Reyes que desarrolla esta misma problemática en relación con el discurso capitalista

 

Hombres y (su) obsesión: ¿es lo mismo ser obsesivo que ser hombre?
Por Edgar Vázquez

La categoría clínica de neurosis obsesiva (Zwangneurose) es enteramente una invención de Freud dentro de la psicopatología de su época y de la cual somos herederos. A diferencia de otras como la histeria o la melancolía, que han sido objeto de estudio desde la Antigüedad, Freud participó tenazmente en la delimitación de una entidad que comenzó a ser construida pocos años antes del inicio de su trabajo como neurólogo, en ese momento de construcción que precedió al psicoanálisis, tal entidad formó parte del interés de la psiquiatría clásica bajo la forma de "locura de duda" o "delirio de tacto", dentro de sus meticulosas descripciones se incluyen aquellos síntomas que todavía en la actualidad se consideran característicos: persistencia o fijeza de ideas, actos compulsivos y, sobre todo, un estado de constante irresolución. El obsesivo quiere, pero, simultáneamente, no puede.

En psicoanálisis se suele pasar por alto que la originalidad de la intervención de Freud en el campo de lo que la psiquiatría llamaba neurosis -enfermedades con síntomas corporales sin lesiones orgánicas verificables-, consiste en ubicar en un mismo grupo nosográfico histeria y obsesión, al reconocerles una misma etiología que no es producto de la herencia sino de un mecanismo psíquico específico que tiene como producto final un síntoma, esta solidaridad, una vez postulada, no es abandonada nunca. Es importante no perder de vista que dicho ordenamiento no tiene solamente un interés teórico, ni meramente descriptivo, tampoco un afán clasificatorio; es mucho más ambicioso, ya que el despejar el mecanismo que subyace a la formación de síntomas, se obtiene una indicación precisa para su abordaje terapéutico.

La divulgación y popularización de los descubrimientos del psicoanálisis han dejado varios saldos lamentables, muchos de los cuales son promovidos por los propios analistas cuando intentan simplificar los postulados freudianos, o peor, cuando los creen superados. Uno de ellos tiene que ver con la falsa asignación predeterminada de histeria para las mujeres y obsesión para los hombres, corroboramos esto también en nuestra práctica, ya que es frecuente el extravío en los practicantes al encontrarse con un síntoma histérico en un varón o uno obsesivo en una mujer; en cambio, esperamos en nuestros consultorios a Dora con su tos o a Paul debatiéndose si casarse con la pobre y amada o con la rica pero no amada.

Es verdad que Freud ubicó que existía cierto predominio de la constitución de síntomas obsesivos en varones, pero al mismo tiempo se puede hallar en sus textos que había coordenadas socio históricas muy precisas que lo favorecían, sobre todo los ideales culturales depositados en la actividad y la hazaña, expectativas que caían del lado del varón a muy temprana edad, siendo el resultado más frecuente no un héroe, sino un neurótico obsesivo, ese que se anticipa fallidamente al encuentro con su deseo o lo demora. Sin embargo, el psicoanálisis no es un idealismo, no al menos un psicoanálisis que sigue la obra de Freud y se orienta con la enseñanza de Lacan, conviene entonces interrogarnos sobre este tipo de distribuciones promovidas en nuestra época y qué es lo que nos haría suponer que a un hombre le correspondería ser obsesivo o que la histeria masculina es episódica, que "se histerizan".

Pero sobre todo, interrogarnos porque estamos concernidos como psicoanalistas, ya que tanto Freud como Lacan insistieron en la diversidad de presentaciones que tiene la neurosis sea histérica u obsesiva, que esa versatilidad es correlativa al discurso de la época y que no obstante, es reconocible en el texto de los pacientes por invariantes estructurales. Afirmar que la neurosis obsesiva se corresponde con la asignación biológica del sexo y que se caracteriza únicamente por prácticas vinculadas a rituales o ideaciones (que dicho sea de paso tales fenómenos pueden estar presentes en cualquier neurosis o cualquier psicosis), no solamente borra la originalidad del pensamiento freudiano, sino que nos emparenta con la psicología del yo y los manuales clasificatorios internacionals.

 

¿Ser hombre es una cuestión de estructura?
Carolina Puchet Dutrénit

"(…) en cuanto a definir qué es el hombre o la mujer, el psicoanálisis nos muestra que eso es imposible."
Jacques Lacan, Hablo a las paredes

Hay una creencia en que las mujeres son histéricas y los hombres obsesivos. Pero, ¿será lo mismo ser obsesivo a ser hombre? ¿Qué hace que un hombre sea hombre? ¿Será una cuestión de estructura?

Sabemos que el obsesivo se defiende de su deseo, haciendo que aparezca como imposible. Que retiene su deseo y que los fenómenos compulsivos son una manera de velarlo. La figura que lo acompaña es la muerte, es así que la pregunta obsesiva es siempre referida a la existencia. El obsesivo se defiende con sus síntomas del amor. Cuando debe tomar una decisión sobre su vida amorosa, generalmente se escabulle para anular la pérdida y la ganancia.

Pero ¿será esa la definición del ser hombre? En la época del Nombre del Padre, las identificaciones quedaban más claras, hombre era aquel que proveía la manutención del hogar, el que representaba la autoridad. Ante su declive, las identificaciones no quedan claras. Entonces, ¿de qué valerse para contestar esa pregunta?

La virilidad pone en juego cómo un hombre se las arregla con la "no relacion sexual", donde se pone de manifiesto un imposible que es necesario inventar. Su relacion con el falo, con el objeto y el Otro sexo dan cuenta de las infinitas soluciones que pueden encontrarse. Vemos entonces que se trata de una respuesta singular ante la impotencia y la imposibilidad. Más allá del lado masculino, goce todo fálico, ser hombre sería soportar la diferencia de las posiciones sexuadas ante el goce, el deseo y el amor. De la misma manera que La mujer no existe, El hombre tampoco.

Parecería que la definición que cada hombre le da, va más allá de la estructura. En todo caso, nuestras próximas jornadas ayudaran a pensar cómo cada uno llega a su propia definición.

 

Cosas del querer... obsesivo
Por José Juan Ruiz Reyes

"Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época" (1). Esta exhortación de Lacan en Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis, continúa siendo válida como motor de la investigación en psicoanálisis para aquellos que se congregan en torno del deseo lacaniano de formarse en la Escuela. Una pregunta insoslayable en nuestro momento gira en torno a ¿qué quieren los hombres? Cuestionamiento que retorna de forma invertida a aquella que interrogó a Freud hasta el fin de sus días ¿qué quieren las mujeres? Un asunto que no dejó indiferente a Lacan, manteniéndose vigente a lo largo de su enseñanza y que se concentra en su aforismo acerca de la no relación sexual y las conocidas fórmulas de la sexuación. Las cuales por un lado hacen estallar cualquier intento de asignación sexual biologizante y por el otro permiten organizar las elecciones de cada parlêtre entre amor, deseo y goce —ese modo de querer paradójico. Entre estos tres elementos podemos empezar a ubicar los asuntos del querer, pues debido a la polisemia que la acompaña, la palabra querer puede referirse a temas del deseo, amor, anhelos, intenciones, y un largo etcétera.

Siguiendo a Ernesto Sinatra la neurosis obsesiva constituye "[...] el síntoma por excelencia de los hombres" (2), lo que nos permite situar algunos puntos de convergencia entre los hombres y (su) obsesión. Por ejemplo el goce autoerótico de su pensamiento. El obsesivo quiere que se le deje solo con su pensar, ahí donde cumple increíbles hazañas y gana cualquier batalla… especialmente aquellas que evita en su hacer cotidiano, como una estrategia para lidiar con su deseo como algo constantemente postergado, inaccesible, prohibido y en algunos casos muerto. Es bien conocido como el obsesivo se sirve de transformar el deseo en demanda, por lo que puede ser incansable trabajador que busque tapar cualquier emergencia de la falta cumpliendo demandas de otros —representaciones que le sirven para encarnar al Otro—, en muchos casos con toda variedad de mercancías que nuestra época ofrece. Esta ficción es especialmente sostenida por el ascenso al cenit del objeto a y su empuje a gozar por parte del pseudo discurso capitalista que comanda la época. El pseudo discurso capitalista —variación del discurso del amo en la que el amor al padre pierde relevancia y con él los semblantes de la tradición tambalean— nos propone un sujeto que puede ser colmado por los objetos de la tecnociencia, objetos acumulables que sirven de apoyo al pensar del obsesivo para sostener la imagen de completud que ofrece al Otro que lo mira. A tal efecto querrá con asiduidad el nuevo gadget: el que ofrezca más memoria, más definición, más potencia. Es en este sentido que uno de los síntomas destacados por Jacques Alain-Miller como patognomónicos de la época sea la pornografía, "Esta clínica de la pornografía es del siglo XXI –sólo la menciono, pero merecería ser detallada porque es insistente y desde hace unos quince años se ha vuelto extremadamente presente en los análisis" (3). La pornografía funciona como respuesta a la no relación sexual reemplazándola por fantasmas Prêt-à-porter, acompañados por los mejores adelantos técnicos para este goce silencioso y solitario. "El sexo débil, en cuanto al porno, es el masculino, cede a eso con más facilidad. ¡Cuántas veces escucha uno en análisis a hombres quejándose de las compulsiones que les obligan a observar los jugueteos pornográficos, incluso a almacenarlos en una reserva electrónica!" (4).

Pero aún ante tal presunto "paraíso de goce" suele ponerse en cruz la cuestión del amor, ya sea a través de un partenaire femenino o a través de la feminización que implica el amar, lo que "[...] interrumpe el circuito autoerótico del goce obsesivo" (5). Caben aquí distintas variantes de la comedia de los sexos con todas las posiciones que las fórmulas de la sexuación nos permiten captar. Ante esta contingencia puede entonces ocurrir que el obsesivo quiera encontrarse con un analista y a través de esta experiencia obtener algunos saldos de saber sobre su amor, su deseo y su goce... o como nos propone Jean-Louis Gault, ocupar estos saldos de la experiencia para encontrar una nueva forma de servirse de los semblantes, en este caso masculinos "[...] para defenderse de lo real del goce. Esta mayor o menor desenvoltura a la hora de servirse de los semblantes es determinante en la relación entre los sexos" (6).

 

Referencias

  1. Lacan, Jacques, "Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis" en Escritos 1, Siglo XXI, México, 2013, p. 308
  2. Sinatra, Ernesto, Nosotros los hombres. Un estudio psicoanalítico, Tres Haches, Bs. As., 2003, p. 75
  3. Miller, Jacques Alain, El inconsciente y el cuerpo hablante, [En línea] Página de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Disponible en: http://wapol.org/es/articulos/TemplateImpresion.asp?intPublicacion=13&intEdicion=9&
    intIdiomaPublicacion=1&intArticulo=2742&intIdiomaArticulo=1#notas
  4. ídem
  5. Sintra, Ernesto, op. cit., p. 79
  6. Chorne, Miriam, Dessal Gustavo, eds. "Hombres y mujeres según Jacques Lacan" en Jacques Lacan. El psicoanálisis y su aporte a la cultura contemporánea, Fondo de Cultura Económica de España, Madrid, 2017, p. 371
Nueva Escuela Lacaniana Ciudad de México | (55) 7028 4439
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