Número 16 | Noviembre 2017


 

Entrevista a Marta Serra Frediani [1]

En este nuevo boletín, les presentamos una entrevista a nuestra invitada Marta Serra- Analista de la Escuela en funciones y miembro de la ELP Catalunya- quien estará presente para compartir con los participantes de las jornadas su testimonio de pase, dispositivo inventado por J. Lacan para quienes desean dar cuenta de la terminación de su análisis.

Marta, en esta entrevista, comparte con nosotros sus reflexiones sobre el deseo masculino, la irrupción de lo real y las dificultades propias de nuestro tiempo. ¡Los invitamos a disfrutar de su lectura!

Alexandro Simancas O.: Estimada Marta, muchas gracias por concedernos esta entrevista con el propósito de ahondar en el tema que nos ocupa: ¿Qué quieren los hombres? Esta pregunta tiene entre otros, el propósito de interrogar las coordenadas actuales en las que se despliega el deseo masculino, sus dificultades en una época en la que la posición y prerrogativas del varón han sufrido importantes cambios, y las consecuencias de ello que se escuchan en la clínica lacaniana.

Desde tu perspectiva ¿Qué elementos persisten como necesarios en el varón para constituirse como tal, en un tiempo en el que tanto el semblante del padre como sus atributos han sido sensiblemente afectados?

Por otro lado, hoy en día tanto en el campo del psicoanálisis como a nivel social se habla del empoderamiento de las mujeres, de la avanzada que representan en la transformación de las sociedades del siglo XXI.

Tomando en cuenta lo anterior, quisiera nos compartieras tu lectura sobre los desafíos a los que se enfrenta la posición masculina en este nuevo orden simbólico en gestación, donde el lugar y función de lo femenino y las mujeres, incide cada vez más y de distintas maneras en el querer del hombre.

Marta Serra Frediani: Me resulta muy interesante la manera como formulas esas preguntas, dado que puede localizarse, muy claramente, una complementariedad que las conecta.

En la primera, el interrogante se centra sobre dos términos radicalmente articulados: deseo y simbólico. Se trata de cómo el deseo masculino se ve afectado por el hecho de que lo simbólico -eso que supuestamente debía regular a través del Nombre del Padre, la sexuación y la relación entre los sexos- no tiene la potencia y el alcance que le habíamos atribuido con la primera enseñanza de Lacan.

Dicho de otra manera, la cuestión es cómo la impotencia de lo simbólico en la tarea de domar lo real surge para cada sujeto habitante de un cuerpo que porta la marca orgánica macho. Aunque -si bien es obvio, creo que vale la pena recordarlo- eso también afecta a los sujetos que habitan un cuerpo marcado, orgánicamente, como hembra.

Por tanto, como dices, es una pregunta sobre la clínica, sobre los malestares singulares que los seres hablantes –lo que reúne hombres y mujeres- que demandan un análisis traen, uno por uno, y que nosotros acogemos con una escucha orientada por la enseñanza de Lacan.

Y creo que ya en Freud podemos encontrar el punto de apoyo para responder:

Para Freud, el origen del síntoma obsesivo correspondía a una pregunta fundamental, ¿qué es un padre?, donde ya se vislumbraba que lo simbólico carecía de la solidez que permitiría una ley general y efectiva, un ordenamiento capaz de extraer al hijo del imperio de la madre que le daba a luz en el mundo. Y eso, no solo condiciona el ejercicio de la paternidad en los varones, sino que, más fundamentalmente, les dificulta sobremanera el abordaje de lo femenino que habita las mujeres, de lo que en ellas hay que no es fálico.

Del lado del síntoma histérico, Freud ubicaba una cuestión distinta como central, ¿qué es una mujer?, con la que ponía en evidencia que, para ellas, las soluciones compensatorias que él mismo les había localizado -hacerse usufructuarias del falo del partenaire o propietarias del hijo sustitutivo- no alcanzaban a dar cuenta de la especificidad de lo femenino. Había un más allá del falo que las cuestionaba y les dificultaba la vida.

En ambos casos, ya sea poniendo el acento en la carencia simbólica o en un cierto más allá del falo, Freud intuía que el lenguaje no lograba arreglar las cuentas con lo real en los hablantes. Algo escapaba a lo simbólico para ambos sexos.

Podríamos decir que los hombres del siglo pasado sufrían de eso bajo las modalidades que la organización social proponía y facilitaba que, evidentemente, no eran las misma que hoy.

La sociedad victoriana de Freud se parece muy poco a la sociedad posmoderna que habitamos. Este es el punto en el que sus dos preguntas se articulan.

En la segunda pregunta se trata del abordaje que complementa la primera, dado que incide sobre la perspectiva social, no individual. Y en ese caso me parece que, inevitablemente, los elementos centrales en juego son los discursos que comandan la sociedad y las modalidades de goce que promueven o facilitan.

Porque lo que llamamos "la feminización del mundo" no debe solo tomarse desde una perspectiva imaginaria que significaría "las mujeres dominando el mundo" sino como un cambio radical en la lógica que organiza los intercambios entre los hablantes. Se trata de que allí donde antes el lugar preeminente era para las prohibiciones y la regulación de la ley –esto es, para el Nombre del Padre por más que éste fuera insuficiente-, ahora encontramos el "sin límite"; y allí donde antes las sociedades se orientaban por los ideales, ahora mandan los objetos de goce.

Si lo llamamos feminización del mundo, siguiendo a Miller, es porque el goce que Lacan llamó femenino -un goce que escapa al significante- ha pasado a primer plano en lo social, con su rasgo característico de "sin límite".

Lo paradójico de este asunto es que ha sido posible gracias al desarrollo imparable de la ciencia y sus grandes logros, amplificado aún más por su alianza con el discurso capitalista. Paradójico porque ciencia y capitalismo no existirían sin el lenguaje.

En realidad, desde que los individuos de la especie humana fueron parasitados por el lenguaje, convirtiéndose en parlêtres, se vieron confrontados a un agujero en lo simbólico que Lacan formuló con su famoso aforismo: "no hay relación sexual". Así, cada uno debe trenzar su destino, organizar su modo singular de vivir la vida y solo puede hacerlo en función de las marcas que los encuentros y desencuentros contingentes fijan en su cuerpo, la sola consistencia con la que contamos.

Pero la alianza entre la ciencia y el capitalismo -que se consolidó en el siglo anterior- parecía prometer a todos el derecho innegable a ser feliz, a hacer gozar el cuerpo según las aspiraciones variopintas de cada cual. Con ello, el "sin límite" y, por tanto, el "sin ley" pasaron a tener el mando. Y ese "sin límite" que en el Seminario XX Lacan acogió como "goce femenino" devendrá en su enseñanza algo más general: el goce Otro, esto es, el goce que no es el fálico.

Sabemos que la posición masculina no es exclusiva de los varones, las mujeres la ejercen comúnmente en su vida cotidiana, siempre que el falo está en juego. De manera no complementaria, la posición femenina sí parecía más exclusiva de las mujeres quizás porque, tal como Freud decía, ambos sexos la rechazaban y desvalorizaban: lo femenino estaba marcado por un menos. Con Lacan está concepción empezó a mostrar otra cara, dado cuando el localizó en lo femenino un más, un más de goce, un más de goce que se caracteriza por no hacer vínculo, por ser casi opuesto a lo relacional, para nada acorde con "la relación sexual" dado que es un goce solitario e iterativo.

Con los avances tecnológicos y científicos, con la ascensión al cenit del objeto a parecía prometerse a cada uno la posibilidad de satisfacer sus supuestos anhelos sin pasar por las dificultades de la relación con otros, ni las limitaciones orgánicas, ni las trabas de la moralidad. Todo está permitido para gozar, eso sí: hay que renunciar a la subjetividad, hay que hacerse homogéneo a los otros de la época.

¿Por qué aceptar los avatares del envejecimiento si la cirugía puede transformar el cuerpo a demanda? ¿Por qué no podría ser padre o madre aunque no quiera tener ningún encuentro con otro cuerpo para ello? ¿por qué sufrir la falta de deseo sexual si hay medicamentos para provocarlo o "quitapenas" para olvidarlo? ¿por qué soportar la angustia, la tristeza, el dolor, la enfermedad, los duelos y un largo etcétera casi inacabable?

¿Qué quieren los hombres? es pues una pregunta que puede tomarse en la forma clásica, agrupando "hablantes que tienen un cuerpo macho y hablantes que tienen un cuerpo hembra", e interrogando qué sucede hoy con el deseo cuando es el goce el que comanda...

Referencias:

1.Psicóloga clínica, psicoanalista. Coordinadora de la Sección Clínica de Barcelona del Instituto del Campo Freudiano. Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Psicóloga clínica en la Institución Balmes de Sant Boi de Llobregat. Profesora del Máster en Clínica Psicoanalítica con Niños y Adolescentes.

Nueva Escuela Lacaniana Ciudad de México | (55) 7028 4439
Síguenos
Síguenos en Facebook     Síguenos en Twitter www.nel-mexico.org