Radar N° 56 | Noviembre 2010Ver ediciones anteriores
 
La Salvación por los desechos
por Jacques-Alain Miller

Primero quisiera explicarme sobre mi título. En efecto, primero he de corregir lo que ha sido impreso en el programa. No es ?La salvación por el desecho?, sino ???por los desechos?, en plural. Conviene ser exactos pues esta fórmula es, en realidad, una cita. Es de Paul Valéry. Es con esta fórmula, la salvación por los desechos, que él define el surrealismo, la vía escogida por el surrealismo. Y digo ?la vía? en el sentido del Tao. Es el camino. Es también el modo de hacer, de colocarse, de deslizarse en el mundo que es el discurso. Y me parece acertado decir que André Breton prometió la salvación por la vía de los desechos. Pero es aún más acertado decirlo de Freud. Y por cierto que la promesa surrealista nunca habría sido proferida si no hubiera habido antes el psicoanálisis, el descubrimiento freudiano, que fue, como sabemos, primero el de los desechos de la vida psíquica, esos desechos de lo mental que son el sueño, el lapsus, el acto fallido y más allá, el síntoma. El descubrimiento también de que, de tomarlos en serio, y si les presta atención, el sujeto tiene la oportunidad de lograr su salvación.

Sublimación
?Lograr su salvación?, la expresión es religiosa. Pero no traduce mal que no es solo una cuestión de salud, de curación, sino que más allá del síntoma, o bajo el síntoma, se trata de una cuestión de verdad. Una revelación de saber que conlleva con ella la realización de una satisfacción y que, si puedo decirlo así, el desarrollo sostenido de una satisfacción superior. Y entonces la fórmula de Valery la pongo en la cuenta del psicoanálisis. Y me digo que bastó con que apareciera el psicoanálisis y su promesa de salvación por los desechos para que nos diéramos cuenta que hasta entonces no se había buscado sino la salvación por los ideales.

Es a Hércules a quien, en el mito, se le daba a escoger entre dos vías: la vía del vicio y la de la virtud. Pues bien, todo sucede como si la humanidad entera hubiera sido ese Hércules y se la hubiera colocado frente a esa elección, la salvación por los ideales o por los desechos. Y como por una elección forzada se podría decir que ella siempre había elegido la salvación por los ideales, hasta que Freud, el primero, le abrió una vía totalmente nueva: la salvación por los desechos. Que es el desecho? el término tiene mucha resonancia para aquellos que, incluso sencillamente, recorren la enseñanza de Lacan. Qué es lo que es desechado y especialmente desechado al término de una operación de la que no se retiene sino el oro, la sustancia preciosa que ella aporta? El desecho de lo que los alquimistas llamaban caput mortuum. Es lo que cae, lo que se desprende, lo que por otro lado se eleva. Es lo que se negativiza o lo que se hace desaparecer mientras el ideal resplandece. Y lo que resplandece tiene una forma. Se podría decir que el ideal es la gloria de la forma. Mientras que el desecho es lo informe, es extraído de una totalidad de la que no es sino pedazo, pieza suelta. Y a este respecto corregiría un matiz de lo que he dicho rápidamente sobre el surrealismo. Sin duda éste está en la línea del psicoanálisis, es uno de sus efectos, que fue, en cuanto al arte, de los más rápidos y de los más clamorosos. Pero, no podríamos decir que lo fue también en calidad de defensa? El surrealismo es un arte, en efecto, es decir que procede de una estetización del desecho. Hace pasar el desecho al registro de lo estético, mediante lo cual, si bien modifica la definición de lo bello, no pone lo bello en cuestión. Y se puede en efecto observar que desde entonces, el arte llamado ¨contemporáneo¨, consiste - al menos a partir de Marcel Duchamp ? en ocuparse de ofrecernos el desecho mismo como objeto de arte. Y si se piensa, eso no es propio del surrealismo. Es lo que el arte siempre ha hecho. Es la esencia del arte, o más bien su procedimiento, y ésta ha sido desnudado por el surrealismo, si puedo decirlo así. La esencia del arte es estetizar el desecho, idealizarlo, o como se dice en psicoanálisis, sublimarlo. Se recuerda la definición que Lacan daba de la sublimación, elevar el objeto, el objeto pequeño a ?creo que se lo conoce, no voy a definirlo de nuevo- a la dignidad de la Cosa. Esta definición es ciertamente muy esclarecedora, sin embargo, hoy no puede satisfacernos. Pues lo que define como la Cosa, es ya una versión sublimada del goce. Esta sublimación está ya designada por dos palabras, el verbo ¨elevar¨, y el sustantivo ¨dignidad¨. Sin embargo el goce como tal no tira hacia arriba. Es desnudo, crudo, en el sentido opuesto a cocido. Es crudo, no tiene dignidad con la que revestirse. Aquello a lo que Lacan apunta con la Cosa es el goce idealizado, vaciado, limpiado, reducido a la falta, a la castración, reducido a la ausencia de relación sexual. Cuando el goce es elevado a la dignidad de la Cosa, es decir, cuando no es rebajado a la indignidad del desecho, es sublimado, es decir, socializado. Lo que se llama sublimación efectúa una socialización del goce. El goce es socializado, es decir, integrado al lazo social. Al circuito de los intercambios. Es puesto a trabajar en el discurso del Otro, y para satisfacer.

Es por este sesgo que esta mañana percibo la sublimación, el sesgo por el que el goce profundamente autista de lo Uno conecta con el discurso del Otro y viene a inscribirse en el lazo social. Y no veo porqué no extender esta idea hasta decir que no es sino por el sesgo de la sublimación que el goce hace lazo social. Ah!, y no olvido que le hace falta la producción de un objeto susceptible de ser, como se dice, elevado a la dignidad de la Cosa. Es en eso que el coito no es en sí mismo un acto, y que no funda como tal, ningún lazo social, como bien lo dio por cierto Jean Jacques Rousseau, en su segundo discurso, cuando describe los venturosos apareamientos de su humanidad primitiva, presocial. La sexualidad solo se socializa cuando es considerada respecto de la reproducción, en el marco simbólico susceptible de elevar al niño, como objeto, a la dignidad de la Cosa. A falta de esa inserción simbólica, es rebajado a la indignidad del objeto, de lo cual lleva la marca en lo que aparece como su destino.

El goce problemático del Otro
Observemos el carácter problemático de lo que se designa como goce del Otro, y que he rozado hace un momento. Cuando este Otro se encarna en otro cuerpo, el goce que suscita en el cuerpo de uno, permanece evidentemente separado del goce que experimenta ese otro cuerpo. Cuando el Otro exhibe el cuerpo social, su goce, el goce de ese Otro, queda como una abstracción. Una abstracción, una ficción que se apuntala en el número, en la masa, como aquí, por ejemplo. Yo hablo aquí para agradarles, son ustedes mil cien, según me ha dicho Vicente Palomera. No está mal. Sin embargo, sucede a veces que el goce del Otro social tome cuerpo. Que el goce logre ser identificado en el lugar del Otro. Que no se evapore, que no se volatilice, que no se confunda con el esplendor vivo de la Cosa. Es cuando se quiere decir, o sobreentender, o persuadirse de que ¨el Otro goza de mí¨. Ese es el axioma que resume, al decir de Lacan - tal como yo lo entiendo, tal como yo lo interpreto, no digo que sea ?tal cual? ? ése es pues el axioma que resume la posición subjetiva que la psiquiatría ha reconocido con el nombre de paranoia. La paranoia es una patología sin ninguna duda, y sin embargo, dice Lacan que la personalidad, como tal, es paranoide. La paranoia acompaña a la sublimación como su sombra; como el mundo que podríamos llamar ¨la paranoia de los creadores¨, del cual tenemos ejemplos en las infinitas querellas que oponen al autor y al editor, al pintor y su representante, que constituyen la materia de su biografía. En cierto modo, vayamos hasta ahí, es imposible ser alguien sin ser paranoico. Es imposible ser alguien de quién se habla, alguien cuyo nombre circula en el Discurso del Otro, siendo por ello mismo vilipendiado, difamado al mismo tiempo que difundido, es imposible ser alguien sin el sostén de una paranoia. Es simplemente decir que el Otro social es siempre un Otro malvado, que quiere gozar de mí, utilizarme, hacerme servir para su uso y sus fines.

La paranoia, aquella de la que hablo ?paranoia en el sentido extenso, si puedo decir, ¨paranoia atemperada¨- la paranoia es consustancial al lazo social. Está presente y activa desde el estadio del espejo, matriz de lo imaginario. La mínima cadena significante, el significante más elemental, oscuro oráculo simbólico, refuerza esta paranoia, y se puede decir que esta paranoia motiva también toda defensa contra lo real.

Planteo entonces, al hilo de lo que desarrollo esta mañana, que la paranoia realiza la consistencia de la personalidad. Como decía antes, es la paranoia a la vez extensa y atemperada, la paranoia que estabiliza, que unifica, y que densifica la instancia que el psicoanálisis define como el yo. Sin esta paranoia, el yo no sería sino un batiburrillo de 4

identificaciones imaginarias. Entonces, estoy llevado a decir que la paranoia es la que más socializa mediante la suposición al Otro de una voluntad de goce, una voluntad que no pretende emplearse en su bien.

Es esta incitación de voluntad malévola, la que el Otro social, allí donde está representado por instancias legales, se emplea incesantemente en desmentir. Por todos lados, mediante todas las innumerables voces del pueblo administrativo que multiplica, él no dice más que ¨quiero tu bien¨. Hay que tener poca personalidad para darle crédito?

Pues bien, esta escasa personalidad es sin duda el rasgo común de todos los que se adhieren a las instituciones de cuidados que los acogen con los brazos abiertos y carita de buenos, gratis y bajo la égida implícita del ¨quiero tu bien¨. Aquellos que pueden creerlo son los desechos de la voluntad de goce.

Si el lazo social es por esencia paranoico entonces la dificultad para insertarse es del orden de la debilidad, si llamamos debilidad al deslizamiento subjetivo entre dos discursos; y hasta la posición de fuera de discurso, que es aquella que la psiquiatría recoge con el término de esquizofrenia.

Hay que decir que la debilidad así definida es muy generalmente la de los psicoanalistas mismos. Lo que los salva ? pues los salva a pesar de todo ? es haber logrado hacer de su posición de desecho el principio de un nuevo discurso. Haber logrado sublimar lo suficiente su decadencia para elevarla a la dignidad de una práctica, es decir, de un objeto de intercambio. Se hacen pagar, ahí está todo. Venden lo que llaman, a veces, su arte. Pero permanecen sin embargo, y desean permanecer, sin papeles. Incluso si tienen un domicilio fijo, bien anotado, no están completamente integrados al orden social. Solo tienen un pie adentro. Si tuviera que llevarse a cabo, que realizarse, la inserción social del psicoanálisis sería al mismo tiempo su desaparición. La prueba está en lo delicada que es la vía de hacer reconocer la utilidad social del psicoanálisis. Pues si los psicoanalistas hubieran de tomar este reconocimiento en serio y no como un semblante, ello les obligaría a querer el bien. Es decir, participar de ese desconocimiento en el que el Otro malvado se pavonea de su buena voluntad.

La clínica de la desinserción presenta una variedad que demanda ser seriada, grados que merecen ser advertidos y que confinan en el fuera de discurso de la esquizofrenia. La pragmática de la desinserción, por su parte, cuando procede psicoanalíticamente, consiste, en el sentido que introduje antes, en paranoidizar al sujeto. La fórmula es atrevida, pero después de todo puede autorizarse de la definición que Lacan daba antaño de la cura psicoanalítica. Una paranoia dirigida. Hay sujetos cuya paranoia, para poder ser dirigida necesita primero ser producida. Y podría decirse que el sujeto será lo suficientemente paranoico cuando consienta en pagar de su bolsillo para ser escuchado y tratado. 5

Qué busca entonces llevar a cabo la pragmática de la desinserción cuando se confronta a la falta de paranoia? Busca flexibilizar una identificación, sin duda, que permita al sujeto encontrar su lugar en una de las múltiples rutinas de las que está hecha la organización social y que tienen por propiedad estabilizar la relación del significante al significado, la relación del sujeto a las grandes significaciones del amo. Pero no solamente se trata de obtener una significación significante del sujeto, su inscripción bajo un significante. Se trata de una identificación de goce en el lugar del Otro, es decir, el equivalente de lo que el fantasma procura al neurótico como tal. Se trata de desatar una parcela del goce que pueda constituirse en objeto, y primeramente objeto de una narración, de un escenario, como el escenario del fantasma. De una storytelling, como nos han enseñado la palabra de hoy en día; de una leyenda, lo que Lacan llamaba un mito individual, y que puede hacer las veces de fantasma.

Lo que del goce resta insocializable
Estas jornadas son bienvenidas, pues era urgente clarificar la clínica y la pragmática de la desinserción, ya que los psicoanalistas, al menos aquellos que se vinculan al campo freudiano, se han vuelto unos narodniki apasionados. Narodniki ?no está traducido, es ruso- designa a aquellos que iban al pueblo, con el ímpetu de un movimiento que había embargado a la inteligencia rusa del fin del siglo XIX y principios del XX. Pues bien, comparo este movimiento de los CPTC a los narodniki. Fue una buena noticia, los analistas salen de sus consultorios. La posición tradicional quería, en efecto, que el analista esperara en su casa que las demandas le llegaran, actitud pasiva expectante consistente en recibir. En su lugar se adoptó un método de provocación institucional que apuntaba a suscitar demandas levantando los obstáculos que se quisieron calificar de imaginarios. En adelante se trataría gratuitamente y los pacientes, esperándolo, se dirigirían a un colectivo y no a un individuo, se suponía entonces que para un sujeto ignorante, un colectivo pondría de manifiesto que los unos y los otros se autorizan del padre. Esta gratuidad del tratamiento implicaba su duración limitada.

Debo decir que al observar retrospectivamente este método, no se ve nada que no hubiera podido hacer una asociación de psicoanalistas si aceptara financiar a fondo perdido. No veo nada de repulsivo en este método al ser la gratuidad compensada por la limitación de la duración. Pero se añadió un elemento, es lo que he escrito, si, ¨se¨ añadió un elemento y me declaro culpable. Se añadió un elemento que cambió todo. Esta nueva institución sería financiada por una subvención pública. Error fatal. Era interponer entre el analista y el pueblo una tercera instancia: el Estado y sus administraciones. Se creía que de este modo la operación consagraría el reconocimiento por la sociedad de los beneficios de la acción psicoanalítica. Pero de repente esto implicaba obligar al CPTC a ser el Arlequín servidor de dos amos: el discurso del analista y el discurso del amo: duelo de titanes. El discurso analítico se estrelló contra el fierro 6

del discurso del amo. La experiencia demostró la potencia de las formaciones políticas y, cuando quiere insertarse de inmediato, la fragilidad del psicoanalista. El discurso del amo procede exclusivamente por identificación significante. Es en este sentido que prohíbe el fantasma, como lo estipula expresamente la línea de abajo del esquema del discurso del amo tal y como antaño lo trazó Lacan. La identificación reinó entonces sin parangón, el paciente fue de entrada identificado a su síntoma y se convirtió en el ejemplar de una clase, de una categoría. El analista, por su parte, fue invitado a identificarse a la buena voluntad del terapeuta, a su función terapéutica. Después de una fase, afortunadamente hemos vuelto atrás.

Al analista no le corresponde insertarse en el lazo social que prescribe el discurso del amo. El tratamiento gratuito de duración limitada solo se justifica si introduce a la experiencia analítica, si introduce al lazo social específico que se teje alrededor del analista como desecho representante de lo que, del goce, permanece insocializable.

Porque prohíbe el fantasma, el discurso del amo cree en la salud mental. Este ideal le está prohibido al analista que ofrece una vía inédita, más precaria y sin embargo más segura: la salvación por los desechos.

Gracias


  • Disponible On line: http://www.ebp.org.br/enapol/09/es/template.asp?lecturas_online/lecturas_online.htm.
  • MILLER, J.A. « La salvación por los desechos?, El Psicoanálisis, Revista de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, Nº 16, Noviembre 2009, Barcelona, España, y fue traducido por Nicolás Landriscini Marin. Publicado por primera vez como « Le salut par les déchets ». In: Mental: Clinique et pragmatique de la désinsertion en psychanalyse, n.24. Clamecy, avril 2010.