Radar N° 89 | Junio 2012Ver ediciones anteriores
 
El enigma del hijo pródigo *
por Mónica Torres
 [*]

He puesto “enigma” en el título de esta presentación porque la parábola de Jesucristo, relatada en el Evangelio según San Lucas, siempre fue para mí una interrogación, un enigma, ya que es una parábola ambigua.

La palabra parábola, según el diccionario de María Moliner, es: “Narración simbólica de la que se desprende una enseñanza moral”. Todas las parábolas de Jesucristo desprenden una enseñanza moral.

Voy a leerles la parábola y luego la comentaré, en primer lugar, desde el libro El regreso del hijo pródigo. Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt. El autor es un sacerdote, nacido en los Países Bajos, cuyo nombre es Henri J. M. Nouwen. Le dedica este libro a su padre y cuenta la parábola en el primer capítulo titulado: “Historia de dos hijos y su padre” donde dice: “Un hombre tenía dos hijos. El menor dijo a su padre: «Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde.» Y el padre les repartió la herencia. A los pocos días el hijo menor reunió todo lo suyo, se fue a un país lejano y allí gastó toda su fortuna llevando una mala vida.

Cuando se lo había gastado todo, sobrevino una gran hambre en aquella comarca y comenzó a padecer necesidad. Se fue a servir a casa de un hombre del país, que le mandó a sus tierras a cuidar cerdos. Gustosamente hubiera llenado su estómago con las algarrobas que comían los cerdos pero nadie se las daba. Entonces, reflexionando, dijo: « ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra mientras que yo aquí me muero de hambre! Me pondré en camino, volveré a casa de mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. » Se puso en camino y fue a casa de su padre.

Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió. Fue corriendo, se echó al cuello de su hijo y lo cubrió de besos. El hijo comenzó a decir: « Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo. » El padre dijo a sus criados: «Traed enseguida el mejor vestido y ponédselo; ponedle también un anillo en la mano y sandalias en los pies. Tomad el ternero cebado, matadlo y celebremos un banquete de fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido encontrado. » Y se pusieron todos a festejarlo.

El hijo mayor estaba en el campo y, ― es el que se había quedado trabajando ― al volver y acercarse a la casa oyó la música y los bailes. Llamó a uno de los criados y le preguntó qué significaba aquello. Y éste le contestó: « Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el ternero cebado porque lo ha recobrado sano.» Él se enfadó y no quiso entrar y su padre salió y se puso a convencerlo. Él contestó a su padre: « Hace ya muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás las órdenes, y nunca me diste ni un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos. Pero llega este hijo tuyo, que se ha gastado tú patrimonio con prostitutas, y tú le matas el ternero cebado.»

El padre le respondió: « Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Pero tenemos que alegrarnos y hacer fiesta porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido encontrado.» (L.c 15, 11-32)[1]

Tomaré algunas de las meditaciones de las que hace Henri J. M. Nouwen, quien se inspiró en el cuadro El regreso del hijo pródigo de Rembrandt, y voy a relacionar esto con cosas tan disímiles como el libro de Philippe Julián El manto de Noé. Ensayos sobre la paternidad, y la película Soul Kitchen de Fatih Akin, director turco alemán.

La primera duda que tenía en relación a la parábola radicaba en que no me quedaba claro quién era el pródigo, ya que para mí era el padre. Entonces, no entendía por qué se llamaba “Parábola del hijo pródigo”. Dilucidar esto excede lo intelectual, puesto que si recurrimos al diccionario de María Moliner, respecto del término pródigo encontramos que dice: “derrochador, despilfarrador, malgastador”. Es decir, este término tiene a la vez el sentido de generoso, como el padre, que es bueno, pero que no es justo, y de despilfarrador, que es el hijo menor en la parábola. Además, hay una figura jurídica que apunta a la prodigalidad como delito. María Moliner continúa con la descripción del término y nos dice: “Se aplica a la persona que gasta sus bienes con falta de prudencia, constituye motivo legal de incapacitación y de someter a “tutela”.[2]

En otro sentido, “generoso” se aplica a lo que produce abundancia de bienes; también al que da sin reservas lo que tiene o lo hace servir para los demás, por ejemplo, “pródigo de inteligencia”, o “pródigo de vida” al que la expone “generosamente”.

A su vez, esto lo podríamos comparar con el unheimlich freudiano, en el sentido que es a la vez lo familiar y lo extraño, como así también “pródigo” es lo generoso y el malgastador.

Henri J. M. Nouwen, quien tiene una crisis de fe; compara en “La historia de dos hijos y su padre” esta parábola del siglo I y un cuadro de Rembrandt del siglo XVII El regreso del hijo pródigo. Ve una réplica del cuadro, y luego viaja a San Petesburgo para poder ver la obra original, y observa que Rembrandt ilumina la escena del padre abrazando al hijo pródigo y al costado del cuadro está el hermano con una expresión de odio en su rostro. En la parábola no están juntos, pero Rembrandt, como artista, se permite esa licencia. Entonces, este cuadro le produjo un efecto muy fuerte a Nouwen que lo llevó a estudiar la vida de Rembrandt.

El hijo menor y Rembrandt
Rembrandt pintó este cuadro en los últimos años de su vida; esta obra produce una fuerte emoción. Un anciano llamado Simeón acoge a su hijo pródigo en harapos en un abrazo infinito: tiene una expresión de infinita bondad y sabiduría. Hay una luz en el cuadro que ilumina a ambas figuras, mientras que el hijo mayor está a un costado del cuadro, o sea, que no es parte de la escena principal.

Rembrandt conoció el lugar del hijo despilfarrador, como se ve en sus autorretratos tempranos; dice Nouwen que “Cuando tenía treinta años, se hizo un autorretrato con su mujer, Saskia, representando al hijo perdido en un burdel. Allí no hay vida interior. Borracho, con la boca medio abierta y los ojos ávidos de lujuria, mira con desdén a los que observan el retrato, como si quisiera decir: « ¿A qué es divertido?» Con la mano derecha levanta una copa medio vacía, mientras con la izquierda toca la espalda de su esposa que mira con ojos no menos impúdicos. El pelo largo y rizado de Rembrandt, el sombrero de terciopelo con esa enorme pluma blanca, y la espada envainada en una funda de cuero con empuñadura de oro rozando la parte trasera de los dos juerguistas, deja afuera de toda duda sus intenciones. La cortina de la esquina superior derecha le recuerda a uno los burdeles infames del barrio «rojo» de Amsterdam”

Aquí aparece un Rembrandt bastante despilfarrador; le encantaba vestirse bien, gastar dinero en mujeres o en lo que sea. Luego, en su vida conoció infinitas desgracias, de los cinco hijos que tuvo, sólo uno lo sobrevivió. Cornelia, fue la última hija que tuvo con su última mujer -porque también perdió a sus mujeres- y era la tercera hija con el mismo nombre, las dos anteriores mueren. Si recordamos la parábola donde dice metafóricamente “había muerto y ha vuelto a la vida”, vemos que en la vida de Rembrandt no fue tan metafórico porque mueren cuatro de sus hijos, menos esa. La alegría ante el hijo perdido que vuelve a la vida, no podría sino alegrarlo.

A la vez, el hijo que pide la herencia antes que el padre muera, de alguna manera está pidiendo que la muerte del padre suceda. Henri J. M. Nouwen se va identificando con el hijo menor y luego con el hijo mayor. Podríamos decir que lo interesante de la parábola es que todos somos un poco el hijo mayor o el hijo menor; en cuanto a este padre, se trata de un lugar mas dificultoso.

El hijo mayor
El hijo mayor mira a su padre sin alegría; él también es un hijo perdido en el resentimiento y la hostilidad. El extravío de este hijo es difícil de ver porque está ligado al deseo de ser bueno y virtuoso, que es un deseo complicado porque dice que ha trabajado duro sin desobedecer y no obtiene lo que otros consiguieron frívolamente. Podríamos decir que es un reproche al padre; aquí Nouwen hace una apreciación que parece psicoanalítica ya que sostiene: “Siempre que alguien se queja o se lamenta con la esperanza de inspirar pena, consigue lo contrario de lo que espera conseguir. Una vez que la queja y el resentimiento nos han ganado, perdemos la capacidad de compartir la alegría con alguien. Alegría y resentimiento, no pueden coexistir”.

Ni en el cuadro de Rembrandt, ni en la parábola de Jesucristo aparece la posibilidad de que este hijo mayor se deje encontrar. O sea, situamos al hijo mayor también como perdido y tan desobediente del padre como el hijo menor. Dice Nouwen: “Cuando más lo doy todo de mí para que algo salga bien más me pregunto por qué los demás no lo dan todo como yo”.[3] Siente, entonces, más envidia por los que ceden a las tentaciones e igual son perdonados. Esta no es una posición generosa porque actúa así esperando algo distinto de lo que el padre hizo, y es en esto que lo decepciona. Ambos hijos, en ese sentido, son desobedientes del padre. Nadie está completamente libre de la codicia, la ira, la lujuria, el resentimiento. Todos sabemos que cualquiera de nosotros podríamos ser uno o ambos de estos dos hijos.

Pero, ¿y el padre?
La pregunta más difícil, como siempre, es sobre el padre.

El padre es pródigo, en el sentido que es generoso. En la parábola entrega todo lo que le pide el hijo menor y cuando vuelve lo cubre de regalos, y al mayor le dice, todo lo mío es tuyo. Es tan generoso que no hay nada que se guarde para sí mismo. Se parece al Rey Lear de Shakespeare, que no produjo tan buenas consecuencias.

Pero observemos a este padre generoso y cristiano desde la óptica del psicoanálisis. Un hombre engendra un hijo porque es padre, y no a la inversa. Si lo pensamos desde el punto de vista de la figura de Dios, aparece con más claridad en la religión judía. Dios es el que dice “yo soy el padre” o para decirlo más claramente, para la religión judía no hace falta decir “yo soy el padre”, cosa que en la religión cristiana sí es necesario decir porque está el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y esta parábola trata sobre los decires del hijo, que es Jesús.

La paternidad es autorreferencial; en cierto sentido, si uno la toma como declaración del amo, tal como podía ser la paternidad en la antigua Roma, es: “yo soy el padre y se me debe obediencia y respeto”. En eso Jesucristo es muy revolucionario porque no es aparentemente un padre amo, aunque podemos discutirlo.

La aparición de la religión cristiana dio ciertos derechos al hijo, derechos que no aparecen con la misma claridad en la religión judía y, por lo tanto, sabemos lo que ocurrió en el judaísmo con la figura de Cristo y lo que sucedió después en el Imperio Romano y los cristianos. Para situarnos más cerca, la Revolución Francesa establece los derechos del hijo, pero el psicoanálisis reconoce al padre, como “Lo que has heredado de tus padres adquiérelo para poseerlo”.[4] Para el psicoanálisis, y de acuerdo a la altura de la enseñanza de Lacan en la que nos ubiquemos, hay diferentes maneras de reconocer al padre. El primer Lacan lo reconoce como Nombre, es el Lacan que lee el padre freudiano como Nombre del Padre y lo liga al Deseo de la Madre en la metáfora paterna, donde se trata de que el padre como Nombre sea capaz de privar a la madre del hijo en tanto falo, de privarla de tragárselo.

Luego tendríamos un segundo momento de la enseñanza lacaniana donde el padre aparece como privador de la madre, tiene algo de amo para el hijo. Este padre privador provoca cierto odio en el hijo y se transforma en amo.

Philippe Julien en El manto de Noé, donde hace referencia a que ese manto es el que cubre la desnudez del padre, nos dice:“Si, gracias a la madre, el Nombre-del- Padre no está forcluido, él será el fundamento de una verdadera autoridad llamada paterna”.[5] Así el hijo se vuelve hacia el padre, en tanto privador, a doble título. Que exista, entonces, un padre que esté a la altura y que sea la única causa de la privación de la madre, tal es la apelación, que la madre sea privada solamente por ese padre.

Es lo mismo que vemos presentado por Freud en el mito de “Tótem y tab; se trata de un padre que es el gozador de todas las mujeres, pero es el que priva a los hijos y el que los autoriza despuꔩs. O sea, Lacan cuando habla de los tres tiempos del Edipo está siguiendo a Freud desde una lectura de la lingstica.

Entonces tenemos:

Primero: El padre como Nombre

Segundo: El padre como privador de la madre

Tercero: El padre como hombre de una mujer

Este padre, el del tercer tiempo del Edipo, no est쭡 en la parábola de Jesucristo y tampoco está en el cuadro de Rembrandt, porque en ambos falta una mujer. En las parábolas de Jesucristo, si aparecen las mujeres, no va a ser desde el lugar de la mujer deseada, aún si se trata de Magdalena, sino desde el lugar de la madre o la prostituta.

En este sentido, al no haber una mujer que haga de causa de su deseo, hay cierto riesgo de que el padre se identifique con la figura del legislador. Pero al decir de Lacan, Ӆlos efectos devastadores de la figura paterna se observan con particular frecuencia en los casos en que el padre tiene realmente la función de legislador o se la adjudica, ya sea efectivamente de los que hacen las leyes o ya que se presente como pilar de la fe, como parangón de la integridad o de la devoción, como virtuoso o en la virtud o en el virtuosismo, como servidor de alguna obra de salvación, trátese de cualquier objeto o falta de objeto, de nación o de natalidad, de salvaguardia o de salubridad, de legado de legalidad, de lo puro, de lo peor, o del imperio, todos ellos ideales que demasiadas ocasiones le ofrecen de encontrarse en postura de demérito, de insuficiencia, incluso de fraude, y para decirlo de una vez de excluir el Nombre-del-Padre de su posición en el significante”.[6]

Esta versión del padre como legislador sería otra versión del amo, pero un amo supuestamente bueno y generoso. Ahora bien, si a este padre lo pensamos desde el punto de vista de la justicia, es injusto porque no es justo favorecer a un hijo por sobre el otro; con lo cual ya sospechamos, que la suya no se trata de una posición tan bondadosa. No se trata, entonces, de un padre legislador.

Sabemos que no hay justicia distributiva, por lo cual, en este punto, podríamos decir que Jesucristo es lacaniano: sabe que no la hay.

Por otra parte, es sorprendente que, aunque Lacan dice que la verdadera religión es la católica, cuando tiene que hablar del padre toma siempre la religión judía. Quizás lo hace porque en la religión judía se trata de un padre más fuerte, que tiene menos generosidad. Además no hay una trinidad.

Philippe Julien plantea algo interesante cuando dice: ӿSe da uno cuenta de que todo en la tradición judía va contra eso? En ella el corte no pasa de lo más perfecto a lo menos perfectoŔ.[7] En la religión judía el corte entre lo perfecto y lo imperfecto es tajante, y sobre eso no hay negociación posible. La negociación que hay es entre Abraham y Dios, quien finalmente no le permite matar a su hijo Isaac y, en cambio, deja como huella la circuncisión. Dios es perfecto, el hombre es imperfecto.

En la religión judía hay que obedecer al perfecto Yahvé, pero también se puede traicionarlo. No es que los judíos no lo hayan traicionado, porque hay que poder cargar sobre los hombros con el: “Yo soy lo que soy” y con el: “Ustedes son el pueblo elegido”. Aquí Julien sitúa varios discursos éticos detrás de la figura del padre. Está el discurso político, en el que el jefe político es aquel que no sólo designa el bien a cumplir, sino que a través del arte de la retórica sabe persuadir a los ciudadanos acerca de los medios para realizar ese bien en nombre de su felicidad cívica. Si hacen el bien serán felices y el jefe político sabe transmitir esto. Por lo cual podemos decir que Jesús es también un político

En este sentido es que Lacan criticaba a Sartre porque no era un buen pastor. Por eso Lacan prefería algún otro discurso que le diera un buen sentido a la angustia, y no como el existencialismo que dejaba al sujeto abandonado a la angustia. Lacan no quiere esto, de alguna manera quiere macar un camino y, en este sentido, es un jefe político.

Luego, está el discurso teológico, que le da la razón a la palabra de Dios y la transmite, pero además sabe cómo implementar tal o cual acción para el cumplimiento de lo que fue leído en el texto y representado en el rito. El padre en tanto amo es amo de sí mismo y también de la ciudad; como el padre pródigo ―en el sentido de generoso― sabe cuál es el bien: él mismo es el bien.

El padre, para el psicoanálisis, es aquel que ha hecho de una mujer la causa de su deseo, que no necesariamente tiene que ser la madre del hijo. Pero, como ya lo mencioné, tanto en la parábola de Jesús, como en el cuadro de Rembrandt, no hay mujeres. Está solo con sus hijos, como el viejo Simeón, en su cuadro.

¿Cómo pasar de la bondad al bien decir?

¿Cómo puede existir una ética del bien-decir, que se asocie a una estética y a una erótica? Porque decir que el padre es aquel que hace de una mujer la causa de su deseo forma parte de una ética y una erótica.

La verdadera alteridad es la diferencia llamada sexual; diferencia que tiene que ver con la sexuación y no con el género. Se trata de una alteridad radicalmente distinta de la segregación que resulta de la identificación.

Philippe Julien propone dar una vuelta más a la cuestión del amor al prójimo, que Freud plantea en “El malestar en la cultura”, donde dice que no se puede amar al prójimo como a si mismo y que más bien habría que seguir a Hobbes y pensar que el hombre es el lobo del hombre. Freud lo dice en ese párrafo terrible, de esta manera: “En consecuencia, el prójimo no es solamente un poder auxiliar y objeto sexual, sino una tentación de satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo”.[8] Sin embargo, lo que propone Julien es que quizá es posible amar al prójimo si uno lo ama de un modo tal que consiente a un cierto no saber del goce del otro. Porque se trata de dos carencias: la del sujeto y la de su prójimo. Son dos yerros, ―en el sentido de la errancia lacaniana― que se enmiendan uno al otro.

Ahora bien, este padre que dice “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, no es el que ordena hacer de dos, o de tres, uno, sino que es aquel que consiente a un cierto no saber del goce del otro.

Este padre tan bueno y a la vez tan injusto de la parábola del hijo pródigo, ¿consiente o no, a un cierto no saber sobre el goce del otro? ¿Admite su carencia? Este padre lo da todo y, sin embargo, parece no carecer de nada. Esto constituye un problema porque no se ve la marca de la castración.

¿Es capaz de aceptar que el acto fallido es un acto acertado, el único acto acertado, es decir, que no puede sino fallar, aún siendo tan generoso?

Es la única lectura donde el amor al prójimo, hacia el otro que es cercano, igual y a la vez diferente, tiene un sentido que no es el sentido feroz que le da Freud con Hobbes en “El malestar en la cultura”.

Cabe la pregunta, entonces, por el elemento más uno. El elemento más uno de un grupo, de una Escuela, de una causa, ¿qué posición tomaría? Es de esperar que acepte a ambos hijos desobedientes, si están dispuestos a contribuir a una causa común. Esto solo es posible, sólo es a condición de que el padre se admita como deseante, es decir, como carente y, por lo tanto, como ignorante del saber del deseo del otro. Sin embargo, y aunque ignorante del saber del deseo del otro, es esperable que lo habite un deseo nunca en reposo. Deseo que le permite a Lacan dirigirse, ya viejo y enfermo, como el Rembrandt del cuadro, a sus discípulos diciendo: “Esta es la Escuela de mis alumnos, aquellos que aún me aman. Abro inmediatamente sus puertas. Digo: a los Mil. Vale la pena arriesgarse….”.[9] Pero es curioso porque no dice “aquellos que yo amo”, sino que pide el amor del otro y en eso se muestra carente. Es como si dijera: “No soy yo quien los amaré hasta el final, dada mi bondad, como el padre bueno e injusto de la parábola del hijo pródigo”, sino que se trata del amor de los que lo siguen, no a él sino al discurso al que él sirve. Este es también nuestro caso, que es el del psicoanálisis.

Por su parte, este elemento más uno no es un padre, no es un amo, no es el padre feroz, ni es el padre bueno, ni el generoso. Tampoco es el padre ejemplar porque sirve a una causa; no se trata de él. Por eso Lacan dice: “No soy yo, sino el discurso al que sirvo el que vencer. Espera de sus congᔩneres, saber encontrar al analista.

A mi manera de ver, no es el padre-amo, podríamos decir, que es el maestro-deseante e incansable que vuelve a fundar luego de disolver lo que ha fundado, cuando la iglesia ha prevalecido sobre el discurso. Lacan es pródigo y a la vez generoso en su vida, cuando disuelve la Escuela.

Es decir, si bien es lo que ha logrado en la vida aún así la disuelve, pero pide algo: que se reconozca la fidelidad al discurso al que sirve y que eso prevalezca sobre todo lo demás

Para terminar, con unas palabras de comedia, los remito a la película de Fatih Akin, Soul Kitchen, que trata de la historia de dos hermanos, griegos migrados a Alemania, el despilfarrador y el trabajador, podríamos decir huérfanos porque todo el tiempo están queriéndole ocultar a los padres lo que les pasa. El hijo “bueno” que es el trabajador, también hace de padre. El otro hermano, el despilfarrador, también lo quiere mucho. Hay un amor entre estos dos hermanos y quizá es porque no está el padre presente.

Con esto creo haber elucidado algo sobre el padre pródigo, generoso; sobre el hijo pródigo y despilfarrador y también sobre el hermano mezquino y envidioso.

Creo que un padre o un líder tan bueno como injusto, sólo engendrará mezquindad, salvo que pueda hacer una erótica de la dignidad de la diferencia y una exhortación al trabajo desde la legitimidad de su causa. La ética lacaniana del bien-decir equivale a no decir dónde está el bien y, en eso, el psicoanálisis se separa de la religión.


* Psicoanalista, AME de la Escuela de la Orientación Lacaniana (Buenos Aires), y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.Directora editorial de la Revista Enlaces, Psicoanálisis y cultura. Responsable del Departamento de Estudios psicoanalíticos sobre la Familia. Miembro del Consejo de la Asociación Mundial de psicoanálisis.Miembro del Consejo Científico Académico del ICBA.Docente del ICBA y de la Maestría en psicoanálisis de la Universidad Nacional de San Martín.
Docente de la UBA. Seminario de extensión Universitaria "Amor, deseo y goce". Docente de Pos- grado de la UBA. Autora de los libros: Los nudos del amor,Clínica de las neurosis, De los síntomas al síntoma, Fracaso del inconsciente, amor al síntoma,Uniones del mismo sexo.

* Trabajo presentado en la clase del 2 de agosto de 2010 del seminario anual –asociado al ICBA– “Lo que hace familia. Entre el semblante y el secreto de goce”, del Departamento de estudios psicoanalíticos sobre la Familia - Enlaces
** Versión impresa en la Revista Enlaces #16 (GRAMA) Aquí se publica con la amable autorización del autor. 

  1. Nouwen, H.J.M., El regreso del hijo pródigo. Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, PPC, Madrid, 1999, pp. 5 y 6.
  2. Moliner, M., Diccionario de uso del español, 3ª edición, 2 tomos, Gredos, Madrid, 2007.
  3. Nouwen, H.J.M., El regreso del hijo pródigo. Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, op. cit., pág. 82.
  4. Goethe, W., Fausto, versos 682 – 683, citados por Freud en “Totem y Tab (1913), Obras Completas, Vol. XII, Amorrortu, Bs.As.,ꔠ pág.159, cita del libro El manto de Noé. Ensayo sobre la paternidad, de Phillippe Julien, Alianza Estudio Bs.As, 1993, pág.35.
  5. Phillipe, J., El manto de Noé. Ensayo sobre la paternidad, Alianza Estudio Bs.As, 1993, pp. 39 y 40.
  6. Lacan, J., “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, Escritos 2, Siglo Veintiuno, Bs. As, 1984, pp. 560 y 561.
  7. Phillipe, J., El manto de Noé. Ensayo sobre la paternidad, op. cit., pág.  61.
  8. Freud, S., “El malestar en la cultura” (1927-1931), Obras completas, Vol. XXI, Amorrortu, Bs. As., 1986, pág.108.
  9. Lacan, J. “Primera carta del foro” (26 de enero de 1981), La Escuela. Textos institucionales de Jacques Lacan. 1, Manantial, Fundación del Campo Freudiano, Bs.As, 1989, pág. 30.

 | Revisión: Mónica Biaggio