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Principios y finales de análisis
 
La obviedad de los hombres: el niño de los rayos X [1]
por Ernesto S. Sinatra [*]

Comenzaremos por situar una estrategia empleada por sujetos obsesivos con el lenguaje para defenderse de lo real de lalengua: el paratodeo semántico. Localizaremos luego su derivada sintomática: los enunciados de obviedad.

Me refiero con paratodeo semántico al conjunto de dichos configurados por descripciones exhaustivas, totalizantes, tan nimias como minuciosas, salpicadas por detalles innecesarios y reiteraciones sostenidas con el que el sujeto obsesivo intenta "significantizar lo real" [2], forzar que el conjunto de significaciones acabe con el goce que lo perturba, sin dejar resto alguno; es éste un principio que caracteriza la obsesión: pretender que no quede ningún resto que descomplete su "universo" de discurso. El intenta borrar con las palabras todo vestigio de pulsión que haya en el asunto, quiere que todo pueda subsumirse en explicaciones, unas detrás de las otras.

Se constata que -por un lado- el obsesivo monta una máquina que se parece a la del análisis (al ofrecer el analista la palabra al analizante como instrumento de la cura) pero -por el otro-es esta misma máquina el mayor obstáculo para el análisis por la satisfacción que el sujeto obsesivo sabe extraer del lenguaje.

Sigmund Freud se refirió a las operaciones de defensa con las que el obsesivo se defiende de lo real, argumentando que la represión -prototipo de los mecanismos de defensa en las neurosis-en verdad, vale más para la histeria. En la obsesión ocurren otras cosas, las que llevaron a Freud a localizar las formaciones reactivas, mecanismos psíquicos más complejos que emplea el sujeto para intentar que el goce temido se mantenga a distancia.

La anulación y el aislamiento son sus formas más típicas; con estos mecanismos el obsesivo separa un acontecimiento de otro extrayendo el nexo lógico entre una y otra situación intentando hacer como si nada hubiera pasado. Mientras que en la anulación una acción reemplaza a otra previamente realizada en la misma dirección pero en el sentido inverso; en el aislamiento se hace existir una hiancia entre la primera y la segunda acción, deshaciendo el enlace causal que el sujeto hubiera podido establecer.

Pero, además, no es poco frecuente que toda la argumentación esgrimida en una sesión alrededor de un suceso referido se halle enmarcada por la exclusión de un elemento, exclusión que determina, precisamente, la producción de tales dichos, y de un modo más general, la producción de todo el sistema de construcción del pensamiento.

Lo voy a graficar con un conjunto cerrado compuesto por un número de elementos (x) . A cada (x) le adjudicaremos el valor de un dicho y así compuesto el conjunto de los dichos conforma el sistema de pensamiento de un hombre (obsesivo).

La puesta en marcha de este dispositivo se manifiesta en la sesión analítica de un modo habitualmente aburrido -no sólo para quien lo dice, sino para quien lo escucha. Y cuando el que se aburre es el analista, surge allí un problema, ya que se supone que el analista no está para aburrirse con sus pacientes sino para interpretarlos, es decir, para analizarlos. Pero ocurre que hay veces en las que el analista se aburre, y se trata entonces de responder qué se hace con este aburrimiento -contratransferencial, como tal vez dirían otros colegas. Por ejemplo, ¿se auto-"sopapea" el analista para despertarse?; ¿empuja el diván para conmover al analizante? ¿Se va? ¿Qué se hace?

Llegados a este punto intentaremos caracterizar la causa del problema.

En el sistema de pensamiento puesto en marcha siempre hay un elemento que está en menos; existe al menos un elemento que falta del conjunto :

Ése al menos un elemento que falta del conjunto (la x fuera del círculo cuyo valor es el de menos uno) es el que funciona como determinante de la constitución misma de ese conjunto.

Lo notable es verificar la posición del locutor respecto de ese elemento excluido: ignora absolutamente su existencia, al par que protege con ferocidad su inexistencia. En los sucesos referidos, el analizante no puede contar con ese "dato" que siempre resulta para todos obvio, menos para él, ya que ha sido a partir de esa precisa exclusión que se construyó el sistema.

He aquí situado un problema clínico que indica una dificultad muy precisa en la elección de la estrategia en la cura con hombres obsesivos. La hipótesis que sostengo es que los enunciados de obviedad son la marca del decir que -al ser localizados por el analista-permiten descompletar el pretendido "universo" totalizante del paratodeo semántico y situar al analizante en posición de confrontarse con su causa: un goce procesado fantasmáticamente.

Proseguiremos la demostración, ahora exhaustivamente, en el trayecto de un hombre en análisis.

Un hombre -joven, según colegí por el tono de su voz- solicitó una entrevista en forma telefónica imponiéndome una condición: que fuera sólo una. El objetivo: plantearme una pregunta que no podía responder.

¿Qué hacer? Es interesante apreciar el modo en el que el analista, desde el inicio de la demanda de análisis, puede ser tomado en una situación aparentemente sin salida. En este caso el impasse es evidente, ya que al responder que sí el analista miente en tanto no podría prometer aquello que no sabe; pero si la respuesta fuera que no se cortaría de inmediato la posibilidad de ofrecerle a alguien tratar esa pregunta por el tiempo que fuere menester.

Desde la retroacción podemos decir que la respuesta "mentirosa" tuvo valor de acto.

Ya en la entrevista, luego de largos circunloquios, formuló su interrogación: él no sabía por qué su novia se negaba a mantener relaciones sexuales con él: ésa era la pregunta con la que se dirigía al analista para que éste la respondiera.

Es evidente la nueva situación de imposibilidad en la que nuevamente es convocado el analista, al tener que responder a una pregunta que, en verdad, ni siquiera es una pregunta. La opción del sentido común podría llevar a responder en nombre de la ignorancia, ya que ¿cómo podría el analista saber las razones que llevarían a un tercero (novia) a rechazar tener relaciones sexuales con un hombre (ni siquiera un analizante, sino una persona que el analista sólo vio una vez)? Sin embargo, este hombre ya había obtenido una respuesta -que lo había dejado insatisfecho- por parte de otro analista al que había acudido previamente, quien le habría dicho: "Bueno, pero usted se la buscó". Esta respuesta obvia, tiene un valor de verdad verdadero, es decir que lo que el analista le dijo era absolutamente cierto: pero a ese hombre no le sirvió para nada, ya que no tenía con qué procesar esa obviedad -la cuál, además, había sido pronunciada por el Otro. Podemos extraer de este punto una enseñanza: la verdad, como criterio absoluto, no sirve en todos los casos para analizar a alguien.

A pesar de tener acceso "a casi todas las mujeres" (tales fueron sus palabras) ella -su propia novia, vaya ironía- rehusaba acostarse con él. Su conclusión: ella lo humilla y él quiere saber por qué lo hace.

Comprobamos que con esta afirmación se produce un desplazamiento de la cuestión. De la primera pregunta -"¿por qué ella no quiere tener sexo conmigo?"-, a la segunda: -"¿por qué ella me humilla?"-, algo nuevo se presenta.

Se trata de la sensibilidad para localizar mínimas variaciones a partir de minucias enunciativas en los modos de alocución de los sujetos en análisis, porque son ellos las que nos van a dar la clave, en tanto se trata de una clínica de los detalles[3], para poder localizar la orientación eficaz en cada dirección de la cura.

Todos sus padecimientos parecían girar en torno de esa novia que había devenido su síntoma. Ella era su síntoma. Hasta que -de un modo imperceptible para él- se produjo un deslizamiento en su decir: luego de comentar la humillación que le causaba su novia con su negativa, pasó a lanzar una decidida queja sobre las privaciones y tormentos que su padre le habría hecho atravesar. Intervine en ese punto para señalarle la sustitución novia-padre. Frente a su sorpresa por constatar "lo obvio" de mi intervención, relató su odio infantil por el padre manifestando -sin inmutarse- un deseo reiterado en su niñez: que su padre muriera. Curiosamente, no se trataba de algo olvidado que se le ocurriera en ese momento y que fuera confesado con vergüenza, dolor o culpabilidad. Nada de eso, esa idea pertenecía a su sistema de pensamiento: verdaderamente, él siempre había deseado que su padre se muriera, de un modo perfectamente consciente. Es sólo una muestra del alcance del mecanismo de aislamiento en la obsesión.

A continuación, y luego de un silencio, descubrió una paradoja: su amada poseía ciertos rasgos que -él sabía- cumplirían con el ideal de mujer de su padre (lo que implicaría que él habría ofrecido la dama de sus pensamientos a su odiado padre). En ese momento, y ante su visible emoción, le propuse finalizar la entrevista (la única, sólo una); esperé que se incorporara, lo hizo, y me pidió volver a visitarme, a lo que accedí. A partir de ese momento, esas "visitas" se repetirían por más de diez años.

Un día, se refirió a su novia -como al pasar- empleando el término "mancillar". La interpretación -bajo el modo de la cita interrogativa, al repetir la frase con sorpresa- "...¿¿¿!!! no quería mancillarla!!!???", lo hizo reír nerviosamente.

En la sesión siguiente, la cuestión daría un giro auto-interpretativo rectificando sus anteriores creencias: descubriría -muy a su pesar- que en verdad era él quien no quería poseer sexualmente a su novia: él "no quería mancillarla "preservando su virginidad a toda costa, pero ingeniándose para hacer pasar la responsabilidad de su decisión a la resistencia "humillante" de su dama. Dama a la que, como se torna evidente, construía con ese mismo artilugio.

El primer encuentro con su dama (re)introdujo el rasgo de la segregación que determinó la particular elección de objeto: la vio pasar mientras estaba en un bar con su amigo de siempre (réplica de su despótico padre) quien refirió lo blanco de su piel y lo rubio de sus cabellos; sin dejarse anticipar Luis se levantó inmediatamente y la abordó excluyendo a su amigo de la escena. A posteriori surgirán en la metonimia asociativa la piel oscura y los cabellos negros que lo caracterizaban a él; el rechazo que le habría dirigido su padre por este rasgo compartido con su madre; su dolor de siempre por este rechazo ligado a la predilección de su padre por los niños rubios; su fascinación por el origen germano de su dama, que lo llevó -de un modo impensado- a estudiar alemán; el trabajo sin igual para que ella le dirigiera la palabra en ese primer encuentro; el posterior despotismo de su dama sólo equiparable al de su padre y al de ese amigo; su ignorada inclinación racista…

Prosiguieron recuerdos infantiles sobre las furibundas palizas recibidas de su padre cuando era niño, pero entonces desde otra perspectiva: con vergüenza admitió las provocaciones con las que solía atraer la atención de aquél para desafiarlo. Rompió a llorar desconsoladamente, pero luego -al recuperarse- intentó seguir hablando, casi, como si nada hubiera pasado; procedí a cortar en ese punto la sesión.

En la siguiente narró -sorprendido- una novedad: se había acostado con su novia casi naturalmente. Pero su alegría no perduraría: esas relaciones habrían de ser siempre insatisfactorias. Se sorprendería, finalmente, al comprobar una conexión: entre el imposible goce sexual de su dama (ya mancillada) y el goce de sus partenaires ocasionales otro goce sostenía la partida: en el medio, frecuentes masturbaciones eran practicadas por él "religiosamente" (las que sólo confesaría con vergüenza luego de un sueño).

La "pareja" padre-dama constituía la sede -oculta- del goce fálico, indicando el rechazo del sujeto obsesivo al Otro sexo.

La caída de esta relación imposible con su dama se produciría luego de una interpretación en la que semblanteé con sorpresa y de modo exclamativo su dicho: "mi novia y todas las mujeres". En ese momento se confrontó con dolor al sin-sentido más radical: para él su novia... no era una mujer.

Casi inmediatamente -y de un modo que no pudo explicárselo- se le impuso entonces la palabra "suicidio" al par que afirmaba que su vida por momentos no tenía sentido.

En ese instante surgió un recuerdo: su abuelo paterno murió en la Argentina justo el día anterior a la llegada de su esposa -a quien había mandado buscar a su país de origen junto con su hijo (padre de Luis); se trató de un accidente ferroviario, ocurrido luego de dos años de su radicación en el país. A partir de estos datos Luis construyó su novela familiar: seguramente el abuelo tenía una amante, estaba confundido y dilató, por ello, la llegada de su esposa. El accidente sería así "un suicidio, una decisión desesperada ante una situación en la que sólo quedaba una salida". La interpretación no se hizo esperar, lo interrogué "¿Sólo una?".

Sólo en ese instante pudo aislar el enunciado de obviedad que sostenía su relación con la dama y la imposibilidad de gozar de su cuerpo: "Ella no quiere porque yo no (la) quiero"

Se constatan las variaciones del enunciado. De "ella no quiere" (formulación inicial) a "ella no quiere porque yo no quiero" (primer paso de la construcción) hasta su antecedente causal: "ella no quiere porque yo no la quiero"; he aquí el enunciado de obviedad que se desprendió no bien situada la articulación padre-novia, y que le permitió a este hombre situar su elección imposible de objeto. Estos enunciados fueron los hitos fantasmáticos que rigieron la relación de este hombre con su dama, relación que, efectivamente, estaba condenada "afortunadamente al fracaso", como él afirmaría años después.

La relación que este hombre había establecido con su padre a partir de la adjudicación de humillación lo conducía en línea directa al casamiento con la dama como sacrificio del deseo (ya tenía fijada fecha, la que -finalmente- había suspendido), para continuar gozando del autoerotismo.

Al respecto ¿querría ello decir que el analista intervino para que este hombre no se casara, o que al analista no le gustaba la pareja de este señor? Nada de eso. Se desprende de lo antedicho que el practicante del psicoanálisis no tiene el derecho de decirle a alguien qué es lo que tendría que hacer con su vida; en verdad, tampoco podría, ya que nadie sabe qué es lo que le conviene al otro, cuál es el bien para el otro. Pero es sabido que hay en los análisis intervenciones en las que el gusto del analista pasa a un primer plano; es decir, intervenciones en las que el fantasma del analista se interpone de tal forma que aconseja al analizante lo qué le conviene hacer. Ahí tenemos situado un problema -crucial verdaderamente- de la práctica analítica: cuando el analista interviene desde la tiranía de sus propios gustos. Pero prosigamos con nuestro hombre en cuestión.

Un día, el analizante recordó de pronto una frase que su padre había pronunciado, y que él había escuchado desde muy chico: "Los negros villeros no deben vivir." Años después, la asociación libre le procuraría el recuerdo de otra frase también escuchada en boca de su padre -en verdad un insulto- frase que le era frecuentemente destinada: "Sos un negro villero". Pero sólo luego de varios años de análisis tendría el sujeto la oportunidad de unir ambas frases y de extraer de allí sus consecuencias. Mi intervención, al repetirlas según la secuencia en las que habían sido formuladas dio lugar a una tercer frase que el analizante pronunció azorado y que resultó ser la frase conclusiva del razonamiento deductivo en que se sustentaba la estructura de un silogismo, y que el analizante extrajo en la retroacción:

"Los negros villeros no deben vivir"

"Luis es un villero"

"Luis no debe vivir"

"Luis no debe vivir" fue la conclusión del silogismo y el segundo enunciado de obviedad.

Toda la vida de este hombre se hallaba organizada para responder a esta sentencia adjudicada al padre: "No debés vivir." La premisa mayor de este silogismo era recordada por él con precisión, asimismo lo era la premisa menor, pero a causa del aislamiento (como decíamos, modo paradigmático de defensa contra el goce en la obsesión) los nexos entre las dos premisas habían sido desactivados; por ende, Luis desconocía -hasta el momento de la sesión- la formulación de la conclusión.

Es interesante señalar por medio de este silogismo un funcionamiento posible del aislamiento obsesivo. Sigámoslo paso a paso.

Hay una primera frase (la premisa mayor: "Todos los negros villeros deben morir") que denota un dicho pasado; otra frase (la premisa menor: "Sos un negro villero") localiza un dicho posterior al anterior. Ambas frases permanecen cada una en la conciencia pero se les ha sustraído el nexo lógico, por eso ambas pueden ser recordadas separadamente sin que el sujeto pueda extraer las consecuencias de su articulación. Habrá sido el trabajo asociativo efectuado bajo transferencia el que produjo la chispa que contactó esas dos premisas -hasta entonces disjuntas- para dar lugar a la (desconcertante) conclusión, adjudicada al padre: "Tú, Luis, no debes vivir".

Otra frase, dicha como al pasar en la primera entrevista, fue iluminada con un nuevo valor a la luz del silogismo y nos permitirá comprobar un redoblamiento del aislamiento: siempre había fantaseado, con pensamientos firmes, la muerte de su padre; pero no de la manera "tradicional" neurótica, imaginando que podría acaecerle algún accidente, sino de un modo directo: "Desde chico yo quería fervientemente que mi padre se muriera, incluso rezaba para que se muriera".

Al ser aplicada esa frase sobre el silogismo en un movimiento retroactivo le permitió al analizante construir un fantasma de asesinato del padre. Esa frase -"Yo quería que mi padre se muriera"- constituye el punto cero del silogismo, la condición de su existencia; su causa es el goce que el pensamiento (asesino) transporta en ella. Pero para acceder a este punto del trayecto analítico fue preciso para el analizante efectuar un paso más.

De ese modo Luis había preservado un saber para gozar de él. El silogismo reforzaba inconscientemente el deseo de muerte del padre; padre que -en este enunciado de obviedad- ocupaba en su articulación la función de agente del deseo asesino. Mientras tanto el sujeto seguía gozando con sus pensamientos en la demanda consciente de muerte del padre: en la otra escena, la del inconsciente, se erigía el aislamiento que lo preservaba de la obviedad de su posición de goce que él -sin saberlo, a causa del mismo aislamiento- adjudicaba al padre.

Como se puede notar, el aislamiento también se paga, siempre se paga cash con la angustia o con la producción de síntomas, pero -no menos- con sempiternas cuotas de culpabilidad.

"Luis no debe vivir" es la forma gramatical que permitió al analizante localizar un fantasma desde el cual el sujeto le adjudicaba al Otro paterno una demanda de muerte. La sorpresa del analizante fue decisiva para confirmar el hallazgo, y -sobre todo- para sancionar su valor fantasmático.

Pero un segundo movimiento quedaría aún por realizarse en el análisis: el paso de la deducción -obvia- de la conclusión del silogismo a la construcción del sofisma: este término permite situar el error de perspectiva en el sentido atribuido; el silogismo declina en sofisma al presuponer al Otro el goce de la castración.

Jacques Lacan -en su escrito "Subversión del sujeto..."- ofreció una fórmula muy simple (tanto como rigurosa) para el fantasma en las neurosis a partir de adjudicarle al sujeto una precisa suposición: "pues se figura que el Otro pide su castración"[4]. Apreciemos que esto es exactamente lo que presenta el silogismo. Por ello, fue aún necesario pasar del silogismo al sofisma; es decir, que aún faltaba por realizar para el analizante (luego de la deducción del silogismo) el trabajo que lo llevaría a comprobar que esa formulación -construida a partir de la realidad que él imaginaba- no era sino una suposición suya (ahí va: sofisma). Es decir, que no se trata del goce del Otro sino de la suposición del goce del Otro operando desde la construcción fantasmática del sujeto, suposición con la que se engaña en la realidad.

O para decirlo de un modo más simple: El Otro siempre es "malo"; eso cada uno lo sabe, ya que la atribución de malignidad al Otro es la operación humana por excelencia. "No soy yo, es el Otro" y se supone que lo que el Otro quiere es siempre dañar a uno. Esta suposición narcisista comanda el fantasma neurótico y es la que -llevada al extremo en la paranoia- fundamenta el lazo conflictivo del sujeto con el Otro.

Una vez más: para realizar el paso de la deducción obvia de la conclusión silogística a la construcción del sofisma, el analizante habrá tenido que confrontarse con su atribución al Otro del goce de la castración.

Por ello es necesario aclarar que este enunciado de obviedad, si bien funcionó como causa del cerramiento del conjunto de los dichos, no es todavía la causa de la defensa contra lo real. El sujeto no se defiende -al menos: no principalmente- de "Luis, no debe vivir", este enunciado constituye un eslabón en el encadenamiento del pensamiento y un paso en la construcción del fantasma; ya que, por más que el sujeto haya adquirido en el análisis este saber, de lo que el mismo está dando cuenta es de la adjudicación del goce al Otro (el que querría gozar de Luis). Es decir, que falta un paso más para que se desprenda finalmente el fantasma de asesinato del padre -el que se ubicará a partir del siguiente enunciado de obviedad.

Hasta que en una sesión el analizante narró una acalorada discusión con el socio de su padre, en la que intentaba hacer prevalecer su punto de vista de un modo obcecado, hasta que su interlocutor lo interrumpió diciéndole que accedería gustosamente a sus reclamos -y a las meticulosas enmiendas contables que le proponía- con una única condición: que él fuera su socio; pero en tanto no lo era no tenía sentido seguir discutiendo; dicho lo cual el socio del padre se levantó y se fue dejando al sujeto furioso e indignado.

Luego de contar esta discusión acaloradamente, el analizante produjo un silencio al que le siguió un brusco cambio de tono afectivo: su decir de pronto ser tornó calmo y pausado. A continuación intentó seguir hablando sobre otro tema, como si nada hubiera acontecido (decíamos: un uso habitual del aislamiento en la obsesión). En ese momento lo interrumpí en medio de una frase para preguntarle: pero ¿quién era su socio? Sin esperar su respuesta corté la sesión en ese punto.

En la siguiente, sin notarlo, pronunció el nombre de su padre cuando quería decir otro nombre. Al señalar el lapsus -repitiendo de modo interrogativo el nombre paterno- no bien comenzada interrumpí la sesión. Retomó en la siguiente la discusión societaria para comentar -emocionado- un descubrimiento que había hecho al salir de la última sesión: él no era su padre, él había ocupado su lugar, "borrándolo del mapa". Apenas iniciada, sancioné luego de esas palabras el final de la sesión.

El analizante había ocupado con su acting out una posición imposible: de un solo golpe no sólo había "borrado al padre del mapa", sino que -al mismo tiempo- había logrado ser el padre de sí mismo ("X es el padre de X") contrariando con tal fantasma de asesinato del padre el enunciado de obviedad "X no es el padre de X" del cual pudo ser deducido -y que producía en este hombre un sentimiento de depresión que lo empujaba desde la culpa inconsciente.

Una "trivial" discusión societaria permitió su actualización bajo transferencia y fue la interpretación la que permitió localizar la presencia de ese fantasma a partir de las sucesivas escansiones.

La necesidad de intervenir sobre el referente de enunciados que parecerían evidentes, de sostener preguntas más allá de la obviedad de las respuestas ya emitidas muestra por qué la sesión analítica no es un diálogo ni un monólogo.

La localización de los enunciados de obviedad permite al analizante aproximarse al ronroneo que le imponen sus fantasmas desde la obsesión del pensamiento (elevado en la obsesión a la categoría de síntoma); al par que le impone al analista la reconsideración de lo obvio.

En este caso, tres enunciados de obviedad han permitido situar tres momentos decisivos de cesión del goce en una cura de un hombre obsesivo: la construcción del fantasma se deduce de estos momentos.

En el primero -"Ella no quiere, porque yo no (la) quiero"- cae una relación con una mujer al surgir el vínculo de imposibilidad en la díada "dama-padre"; en el segundo -"Luis, no debe vivir"- se conmueve el odio infantil al padre por una sospecha de sofisma; con el tercero -"X no es el padre de X"- se evidencia para el parlêtre su responsabilidad, es decir su goce, al adjudicar al Otro su castración. Sólo en esta tercera cesión de goce, finalmente, se localiza como tal el fantasma de asesinato del padre.

Para Luis, ese padre portaba -junto con la dama- las insignias del gran Otro; la construcción de este hombre-omni-potente había sido su invención, a él le había dedicado toda su vida, la que giraba en círculos en torno de ese fantasma...y él no lo sabía.

A partir de ese momento se modificó sustancialmente el trato que mantenía con su padre. En una ocasión narraba haberse emocionado hasta las lágrimas, ya que había abrazado a su padre sin motivo y expresado cuánto lo quería -ante el agrado y la sorpresa de ambos.

Paralelamente, fue en ese momento que la relación con su novia cayó en un impasse que culminó en la separación, luego de casi infinitas idas y venidas teñidas por sus dudas en torno de su amor por ella.

Se comprueba que sólo al ser movilizado en el análisis el goce ligado al padre, el analizante logró deshacer su tormentosa unión con esa mujer, con la que no podía gozar pero de la que no podía desprenderse.

A partir de ese momento las relaciones con las mujeres comenzaron a alternarse en torno de la contratación de servicios sexuales y conquistas constantes -pero siempre ocasionales- combinadas siempre con prácticas masturbatorias.

Pero un día, la angustia experimentada ante una pesadilla muy vívida, claramente incestuosa, hizo vacilar su satisfacción masturbatoria y sus encuentros ocasionales. "Me curé de espanto", como él mismo diría, luego de lo insoportable del goce sexual alcanzado con la imagen real de su madre en el sueño. Y aunque en ese momento no pudo decir qué relación sostenían esos términos (pesadilla-masturbación-padre-madre-dama-serie de mujeres) allí intuyó que el goce fálico había funcionado como acumulador de goce incestuoso, sosteniendo la relación única con su dama y sus encuentros ocasionales sin más compromiso que el de la obtención del circuito de goce en el retorno del trayecto.

Sólo entonces recordó una pasión infantil que consistía en armar un tren con piezas traídas por sus familiares en sus sucesivos viajes al país de procedencia de su abuelo paterno. Vemos hasta qué punto la identificación con las insignias del Otro era para Luis un procedimiento que se renovaba periódicamente: cada viaje constituía el retorno de los trazos-piezas en los que una satisfacción supuesta en la contingencia familiar advino como ideal de un hombre y coadyuvó a que cifrara sus condiciones de goce, en el nombre-del-padre.

Al tiempo conoce a una mujer con la que entabla una relación en la que -por primera vez- los actos sexuales serían satisfactorios para él. Se entiende: por vez primera desea a la mujer que ama. Pero esta novedad no durará mucho tiempo: luego de intensas cavilaciones deducirá que él no está enamorado, a pesar de sentir un fuerte aprecio por ella. La decisión de esta separación la tomaría a partir de la demanda de ella de mayor compromiso. Dirá: "Todas las mujeres son iguales en un punto: por más liberadas que se muestren al tiempo piensan en lo mismo, casarse y tener hijos."

Pero, de pronto, la paz obtenida en las relaciones con su padre fue interrumpida bruscamente por el azar: su padre muere de un ataque cardíaco fulminante. Se entristece profundamente, llora con amargura su muerte y el tiempo del duelo es estremecedor. En ese estado diría: "ahora soy un trapecista sin red, estoy desamparado".

Al tiempo me dirigirá su agradecimiento: si no fuera por su análisis no sabe que habría sido de él. El intenso odio a su padre era tan mortífero que cree que no hubiese resistido su muerte, tan repentina.

Al tiempo, y ya transcurrido el duelo, entabla una relación con una mujer signada ahora por un nuevo rasgo: ella se ha divorciado recientemente. De ella diría: "hay que ser muy hombre para tener semejante mujer, yo veo que los tipos se dan vuelta para mirarla." El lograría conquistarla luego de un paciente seguimiento. Esta vez convergen par él amor y deseo, sólo que surge un nuevo problema: aunque ausente, ahora hay otro hombre.

En una sesión cuenta el malestar -para él inexplicable- que le quedó después de una situación producida en un bar. Al salir con su novia escucha que un hombre parado cerca de la puerta... maúlla[5]. Perplejo se retira y una tristeza comienza a acompañarlo. Dice "¡me sentí humillado!" Corté la sesión en ese punto.

En la siguiente diría: "me quedé mal con lo de humillado, pero además pensé es como si tuviera que ser otro tipo para tener esa mina". Con esas palabras corté la sesión recién comenzada; pero ya parado dijo: "pero entonces, lo que yo quiero es imposible: ¡yo no puedo ser otro!"

Desde entonces, las sesiones se desplegarían en torno de las figuraciones del otro para él, serie que tenía en el padre su punto cero.

"Para mí el otro siempre es alto y lindo, pero no tiene nada que ver, no sé que fue lo que pasó porque yo...".Interrumpí la suspensión que había en la frase para añadir: "…ocupo su lugar". La puntuación cuestionaba la usurpación del lugar del Otro (usurpación que el enunciado de obviedad "x no es el padre de x" revelaba) -articulada ahora con la humillación.

En la siguiente sesión se evidenciaron las huellas de la castración enmarcando el objeto de goce. Luego de quejarse de su modo rumiante de pensar, centrado entonces en el ex-esposo de su novia (al cuál no podía dejar de considerar rubio alto y lindo a pesar de haberlo visto personalmente y saber que no era así) finalizó diciendo: "Lo mío es un problema físico, monofocal: yo soy como un caballo tuerto, no veo en perspectiva". Interrumpí la sesión en ese punto.

El objeto se presentaba, y él tenía razón: el goce de la mirada emplea siempre el mismo foco aplanando la realidad desde el marco del fantasma.

La siguiente sesión nombró el círculo vicioso en el que se encontraba. Por primera vez el agujero del saber patrocinado por la castración posibilitó la formulación de una verdadera pregunta, al mismo tiempo que se intensificaba el desbaste del sujeto supuesto al saber.

"¿Qué tiene que ver esto con mi padre...con mi madre, con las historias que aparecen de golpe en mi memoria sobre la infidelidad de mi abuelo, sobre su matrimonio, su amante y la muerte? Verdaderamente no lo sé. Sólo sé que aunque es una boludez pensar en que una mujer de casi treinta años no tenga un pasado, yo no puedo dejar de pensar en eso. ¡Todo esto es mucho más importante de lo que yo creía! "

Corté la sesión en ese punto; pero al dirigirse a la puerta me dijo: "Sabe, antes y durante mucho tiempo yo creía que usted sabía lo que me pasaba. Me preguntaba "si lo sabe, ¿por qué no me lo dice y ahorramos tiempo? "... pero ahora sé que usted no lo sabía -ni lo sabe-, que usted acompaña lo que voy diciendo. Pero también sé que en algún lugar, de algún modo yo lo sé... aunque no lo sepa."

Finalmente fue un recuerdo infantil -que surgió de una manera hiper-clara sorprendiendo al analizante (no menos al analista) el que le permitió extraer el valor de goce del objeto en el fantasma: luego del nacimiento de su hermana (contaba para entonces dos años) inventó un juego mental, con el que pasaba horas y horas entretenido en soledad y que consistía en su transformación en una super-mirada, todo su ser reducido a unos poderosos rayos-X sobrenaturales con los que "hacía mierda al que me molestaba".

El fantasma de asesinato del Otro "practicado" desde entonces contra su padre, objeto preferido de la ambivalencia de Luis (pero no menos de cada obsesivo) tomó en este caso substancia del objeto anal en su combinación con el objeto mirada estableciendo una relación mortífera con el Otro.

El "caballo tuerto" desviaba la mirada del "hacer mierda".

A partir de allí, Luis pudo dar una nueva vuelta sobre el valor sintomático que habían adquirido en el análisis sus relaciones imposibles con hombres y mujeres marcadas por el dolor de la humillación (con su sesgo anal), hasta permitirle finalmente despejar el rasgo de crueldad inconsciente que caracterizaba su relación al Otro en la desinencia padre-dama, goce fijado en un fantasma singular.

Un trapecista sin red. En verdad, ese hombre decía una verdad que excedía sus circunstancias personales, su dolor; ya que cada persona es exactamente eso, un trapecista sin red que cumple una tarea que otorga un sentido a su vida.

Un trapecista sin red lo escribimos: S (/A); y si la red es el padre, Dios o el Otro (o las garantías que de ellos se esperan) es la misma cosa; un análisis conduce a desprenderse de tales creencias y a confrontarse con el goce oscuro que cada uno concibió a partir de su inconsciente.

"Más allá del padre…pero no sin servirse de él" es la frase que sintetiza este trayecto analítico y nos permite valorizar la importancia del tratamiento del padre en la clínica de la obsesión, via regia para la relación al Otro sexo.

Hemos apreciado hasta qué punto el odioenamoramiento da cuenta de la estructura afectiva del parlêtre y es preciso recorrer sus andariveles en la obsesión especialmente en torno del padre. Comprobamos hasta qué punto el padre es el referente privilegiado del drama cotidiano del hombre obsesivo, tanto como su pacificación respecto de él una condición necesaria para acceder a la serie de las mujeres; pero no menos es la cuestión del padre la sede última de la cobardía respecto del Otro hombre y -eventualmente- el escollo último, la pantalla del semblante que deberá atravesar en un análisis un hombre obsesivo para poder entablar una relación apaciguada con una mujer.

Al final del caso se ha evidenciado -una vez más- que es el goce del parlêtre el que va al lugar del padre; no menos hemos comprobado hasta qué punto un padre ha sido empleado como el supuesto encargado de la prohibición del goce, de colocar el impedimento para que el sujeto no pudiera gozar, de decir que no al goce imposible; pero con ese artilugio se supone que al prohibir el Otro goza de la castración del "hijo", podríamos decir (o también que el Otro lo "tiene de hijo").

Ésta es la puesta "en carne" de la función lenguajera que -como apreciábamos más atrás- recorta el goce del cuerpo, inexorablemente.

Dos versiones, entonces, que hacen del padre un elemento de límite pero también, uno de goce, alternativamente y según las modulaciones fantasmáticas elegidas por cada uno. Así podemos constatar el temprano aserto lacaniano de que la ley y el deseo tienen el mismo objeto, y aquí dicho objeto es: el padre.

Por ello el uso del padre en el hombre obsesivo lo conduce a confundir "imposibilidad" con "prohibición" y a enredarlo en el amor con las mujeres a partir del deseo imposible que lo (des)anima.

Por supuesto, quedaría para la madre del obsesivo otro capítulo, por ejemplo para resaltar los estragos producidos por la obediencia que él le consagra (o la desobediencia, que no es sino la misma cosa disfrazada de su contrario). Por ahora, basta anticipar que Oscar Masotta decía del obsesivo que él es siempre "el salame de mamá". Su madre, ella, ha sido el núcleo silencioso de este caso flotando entre el padre y las mujeres, entre la idealización y la degradación…pero fue su presencia en la pesadilla incestuosa que lo interpeló, la que lo hizo despertar de lo imposible para aceptar las consecuencias subjetivas de ser un hombre. Podríamos agregar que sólo en el final de su análisis Luis eligió dejar de ser el niño de los rayos X.

 

Notas

* Psicoanalista, miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP); director de la Escuela de la Orientación Lacaniana (BA); co-fundador del T y A (red de toxicomanía y alcoholismo) y autor de Consecuencias del Psicoanálisis (Anáfora, 1991); Porqué los hombres son como son? (Atuel, 1993); La racionalidad del psicoanálisis (Plural, 1996); Más allá de las drogas (Plural, 2000); De los conceptos a los matemas (Cuad. del ICBA, 2001); Nosotros, los hombres (Tres Haches, 2003); Las entrevistas preliminares y la entrada en análisis (C.ICBA, 2004); Las neurosis ?jeroglíficos, blasones, laberintos (C.CICBA, 2009) y Todo sobre las drogas? (Grama, 2010).
  1. Publicado en ¡Por fin HOMBRES al fin!; Grama Ediciones, Buenos Aires, 2010; págs. 202-216.
  2. J-A-Miller: Los seis paradigmas del goce, en El lenguaje, aparato de goce: Diva Editores
  3. Tal la clínica pregonada por Jacques-Alain Miller a lo largo de su Curso de la orientación lacaniana desde 1981
  4. Lacan, J., "Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano", Escritos, op cit., p. 338.
  5. "Gato": nombre del lunfardo, eufemismo por prostituta.
 
 
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