Varité | Junio 2013Ver ediciones anteriores
 
Entrevista a Elisa Alvarenga *
Alcohol y drogas: la aspiración a un goce sin límites
Revista Falasser, Delegación Paraíba de la EBP

Margarida Assad:La categoría clínica de la toxicomanía no se encuentra bien formulada. ¿En qué categoría podemos incluir a los sujetos toxicómanos? Laurent nos viene alertando que el estado actual de la civilización es hedonista e individualista llevando al conformismo de masas. ¿Cómo distinguiríamos a la toxicomanía de este goce generalizado de nuestra época? ¿Habría en esas adicciones algo específico que se particulariza por el objeto droga toda vez que él permite, usando una expresión de Miller, "una insubordinación al goce sexual"?

Elisa AlvarengaElisa Alvarenga: Podemos pensar que las adicciones son el modo de goce prevalente en la contemporaneidad, a partir de lo que Lacan llamó el ascenso al cénit del objeto a, y que Miller retoma como Un goce que se repite, sin sentido, como acontecimiento del cuerpo. En sus "Intuiciones Milanesas", Miller usa el término adicción, que él asocia al "frenesí del no-todo", de las patologías en que se valoriza el sin límite de la serie, donde hay menor efectividad de la metáfora paterna y pluralización de los S1 (1+1+1….), y también su pulverización.

La diferencia entre los términos de toxicomanía y drogadicción es problematizada por nuestro colega Gustavo Freda. Si el tratamiento de la toxicomanía da lugar a una pregunta sobre el sujeto y la función que la droga puede tener para él, la adicción, dice Gustavo Freda, es un término usado para todo tipo de adicción, sean los tóxicos, sean todos los tipos de gadgets, sea la comida, las compras, etc. Y consecuentemente, lleva a una tentativa de medida y de control. La noción de adicción sería el resultado de una política necesaria para que una terapéutica de la medida pueda tener lugar. No estamos aquí centrados en un sujeto y en su relación con un objeto, sino en la contabilidad de un comportamiento que se puede medir, para trazar un límite entre lo normal y lo patológico. La adictología sería un saber que tiene la ambición de corregir, mientras que la toxicomanía es un síntoma que debe ser abordado caso a caso, sin que un saber anterior venga a dictar lo que se debe hacer.

Aunque esta distinción pueda parecernos insuficiente, me parece interesante notar cómo el término "adicción" es de un uso generalizado en las clasificaciones psiquiátricas y en las terapéuticas propuestas, en tanto el término "toxicomanía" siempre fue usado por los psicoanalistas en el abordaje de esos sujetos que, inicialmente segregados, pasaron a ser tratados.

Si el fracaso está generalmente presente en el tratamiento de los toxicómanos, no por eso el psicoanálisis desiste de ellos, pues la clínica psicoanalítica se orienta por lo real como imposible, encontrando, en cada caso, las posibilidades.

Si Lacan pudo decir que en la toxicomanía hay una ruptura con el falo, creo que podemos pensar que, también en los síntomas contemporáneos está en juego una cierta ruptura con el falo, que está corto-circuitado en función de una relación más directa con el objeto a. El objeto oral, en los síntomas alimentarios; el objeto anal, como objeto de consumo fácilmente descartable; la mirada, presente en las adicciones a internet, a las computadoras y a todo lo que intoxica a través de las imágenes, consumidas por el ojo ávido del espectador; la voz, presente en los pequeños objetos de los cuales tenemos dificultades en separarnos, smartphones, ipods, etc. No obstante, no todas las adicciones son equivalentes, y el empuje a la muerte presente en algunas de ellas de manera explícita, está bastante más atemperado en otras. No solamente una droga no equivale a otra, sino tampoco una adicción es equivalente a otra. Ser adicto al trabajo, en un extremo, pasa generalmente por una identificación fálica, en tanto ser adicto a una droga como el crack, propicia una ruptura devastadora con el goce fálico.

Los sujetos que recibimos en tratamiento toleran mal la experiencia de la castración. Tenemos, por un lado, cada vez menos, aquellos que se alinean del lado masculino de las fórmulas de la sexuación, que hacen uso de la significación fálica, y cuyos síntomas se anclan en sus fantasmas. Por el otro lado, tenemos los que, empujados por el discurso capitalista, aliado al discurso de la ciencia, tienen cada vez más posibilidades de goce, inclusive del goce anestésico de los medicamentos.

Un nuevo universal, el del derecho al goce, apunta al imperativo superyoico de un goce ilimitado. Hay dos maneras a través de las cuales el hedonismo contemporáneo encuentra sus límites, dice Laurent: por un lado, la satisfacción de la pulsión sin interdicción, sin el límite dado por el falo, que es una función que introduce la falta, está del lado femenino de las fórmulas de la sexuación, como aspiración a un goce sin límites, más allá del principio del placer, pulsión, en última instancia, de muerte. La ausencia de excepción, sea la excepción dada por la función fálica, lleva a una ley de hierro. Si la toxicomanía rompe con el goce fálico, su goce afecta al cuerpo a la manera del goce femenino, no localizado, goce místico. La ferocidad del goce femenino, ferocidad del superyó materno que exige un máximo rendimiento para todos, tiene como límite la propia muerte. Es ahí que podemos distinguir la posición femenina, no-toda, de esa aspiración a la femineidad, para todos, como aspiración a un goce sin límites.

La otra manera por la cual el imperativo de goce encuentra sus límites, dice Laurent, es el amor, en la medida en que el amor introduce la falta, un vacío, y que localiza en el Otro el objeto que falta. Una vez que el amor depende del Otro, ese encuentro termina por ser siempre falta, y es ahí que el sujeto puede intentar evitar ese encuentro con la falta aferrándose a un objeto plus-de-gozar, sea en su fantasma, sea a través de un síntoma. Me parece que ahí hay una diferencia entre el objeto plus-de-goce del fantasma neurótico, marcado por la falta fálica, y los objetos de goce ofrecidos en el mundo globalizado, a pesar de que la sexualidad del sujeto neurótico esté cada vez más marcada por modalidades de goce autoerótico.

En las toxicomanías, el objeto droga puede operar como un verdadero tapón de la división subjetiva, de ahí la dificultad de conectar el sujeto al Otro. El sujeto buscará tratamiento, entonces, cuando la precariedad de su estado lo aproxima a la muerte, por un lado, o cuando localiza en el Otro el objeto que falta. Laurent propone cuatro modalidades de tratamiento posibles para el toxicómano: con el $, el S1, el S2 o el a. En el primer caso, se trata de dejar el objeto de lado y hacer surgir la división subjetiva, lo que no es nada fácil. En el segundo caso, se trata de identificar el sujeto al toxicómano, de tal manera que él encuentre su S1 ideal en un grupo de ex adictos. En el tercer caso, se trata de, con el saber, intentar "educar" al toxicómano, intentando modificar, tanto cuanto sea posible, su modo de goce. Finalmente, con el objeto, tendríamos los tratamientos de sustitución, y los derechos vinculados al tratamiento, que le darían otros modos de goce. Es a través del objeto, en todo caso, que es posible reconectar el sujeto al Otro.

Margarida Assad: Como consecuencia de la pregunta anterior, ¿habría entonces un modo particular de tratamiento para la toxicomanía desde el abordaje que proponen las políticas públicas actuales en los tratamiento del alcohol y las drogas? Aunque no se retiren las adicciones del conjunto de los síntomas, ¿cómo nos orientamos respecto de este goce específico del toxicómano una vez que, como hemos debatido en el ámbito de la AMP, se trata de un goce que no pasa por el Otro ni por el falo?

Elisa Alvarenga: No pasar por el Otro o por el falo implica un corto-circuito del fantasma, lo que nos lleva a pensar que la legalización de las drogas no disminuiría el consumo, aunque incida sobre el tráfico. La descriminación de las drogas es uno de los puntos más debatidos actualmente, entre los responsables de las políticas de salud y de la elaboración de las leyes. Descriminalizar puede desinflar el tráfico, pero ¿estimularía el consumo? Sería necesario pensar la cuestión para cada droga, sin generalizar.

En cuanto al tratamiento de la toxicomanía, me parece posible rehacer un lazo con el Otro a partir del objeto que es la droga y del goce que sacrifica el cuerpo. Desde el momento que no se exija del toxicómano la abstinencia absoluta, será posible hablar con él. Este es el principio, creo, de la política de reducción de daños, y ya existen profesionales que trabajan específicamente dentro de esta perspectiva, en los centros de salud, etc. En muchos casos, sabemos que el propio sujeto pedirá su internación y su abstinencia, pero eso no impedirá su eventual recaída. Sin embargo, la internación no debe ser descartada, como tampoco pensada como solución. Muchas veces el tratamiento sólo tendrá inicio en condiciones extremas, cuando el sujeto encuentra el límite de la pulsión de muerte. En otros, lo que funciona como límite es el desencadenamiento de síntomas psicóticos. Según la estructura subyacente, será más o menos fácil reconectar el sujeto al Otro.

En lo que concierne a la política del psicoanalista en el tratamiento del toxicómano, podemos decir que el psicoanalista no busca la homogeneidad ni tampoco la abstinencia para todos. "La salvación por los desechos", título de un texto de Jacques-Alain Miller, nos recuerda que no operamos sólo con el significante, sino también con el elemento de goce. Por eso usamos la categoría de "extimidad", donde se presenta la posibilidad de, con el objeto, conectarse al Otro.

Lo que me parece interesante resaltar es que, nosotros, los psicoanalistas no somos higienistas, o sea, no pensamos tratar al sujeto para que él se libere de sus objetos de goce. Sí pensamos que podemos conectarle al Otro y eventualmente, al inconsciente, y moderar el goce auto-erótico, abrirle el horizonte para que él tenga más oportunidades de elegir, introduciendo una dosis de contingencia en lo necesario del síntoma, pero sólo sabremos lo que es posible uno por uno.

Con la última ensañanza de Lacan, no pensamos en una transformación radical del sujeto, sino en nuevos arreglos de su goce. La operación analítica camina en el sentido del no-todo, en la medida en que descompleta, inconsiste, abriendo la posibilidad de que allí donde el objeto se presentaba apenas en su faz de plus-de-gozar, podamos vaciar o desubstancializar el objeto, tanto cuanto posible, para dar lugar a la falta y al deseo.

Pero como dice Laurent, los objetos no dejan de ser maneras de conectarnos al Otro, y no debemos idealizar una relación con el otro sin los objetos de goce. Por eso no colocamos en primer plano la abstinencia, sino una política de reducción de daños, en la medida de lo que es posible para cada uno, en cada momento. Es en ese sentido que el psicoanalista no propone la homogeneización, ni tampoco la inclusión – a la cual algunos pueden resistir con bravura – sino que acompaña a cada sujeto en la invención de soluciones parciales.

La clínica con el toxicómano, orientada por el psicoanálisis, tiene mejores perspectivas con la segunda clínica de Lacan, continuista, donde las soluciones son graduales, según las modalidades de conexión con el Otro y con la significación fálica. Aquí vale el principio de que el deseo del psicoanalista es el deseo de la diferencia, de soluciones singulares. En una enfermería de mujeres donde muchas son consumidoras de drogas, por ejemplo, se encuentran las más variadas posibilidades, desde aquellas pacientes que usan la droga para ir a trabajar o que se vinculan con el tráfico para tener cómo sustentar a los hijos, hasta aquellas francamente delirantes, desorganizadas.

Entre un extremo y otro, tenemos las figuras de la devastación materna, donde el goce de la droga se articula al goce de la privación, llevándolas a perder todo. De un lado las figuras de la transgresión, donde acting-outs y pasajes al acto resultan una tentativa de convocar un padre que no opera. En otros casos la toxicomanía camina junto con otros síntomas prevalentes de la actualidad, tales como la obesidad mórbida y la depresión. Y hay los casos en que la droga es el medio a través del cual la paciente se identifica al Otro del goce, muchas veces presente en su historia bajo la forma del padre toxicómano o traficante.

Si, como nos propone Miller, el discurso contemporáneo está próximo al discurso analítico, una vez que el objeto a no comanda, el psicoanálisis posibilita la articulación de los elementos que, en la contemporaneidad, están sueltos. El practicante orientado por el psicoanálisis, que tiene la experiencia de su propia diferencia, puede ayudar al sujeto a luchar contra el superyó, por un lado, como imperativo de goce, y por otro, como imperativo de la normatización.


* AME de la Escuela Brasilera de Psicoanálisis y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, ex-AE (2000-2003), Presidenta de la FAPOL (Federación Americana de Psicoanálisis de Orientación Lacaniana), Directora del Instituto de Psicanálise e Saúde Mental de Minas Gerais. Médica Psiquiatra, Doctorado en Psicoanálisis de la Universidad de Paris VIII.
Fuente: Extracto del texto publicado originalmente en la Revista Falasser, Delegación Paraíba de la EBP Campina Grande, 2012, p. 15-28.


Traducción: Rita Medeia