GLIFOS
REVISTA VIRTUAL DE LA NEL-CIUDAD DE MÉXICO | Nro. 10 - AGOSTO 2018
 

INÉDITOS DE LA AMP

Madres en el diván [1]
Anaëlle Lebovits-Quenehen [2]

¿La maternidad es la vía para ser mujer?
En el diván, las palabras son necias y revelan con claridad que
ser madre y mujer, son dos cosas.

Respecto a la cuestión de madres en análisis, me viene a la mente una historia judía. Freud por supuesto, no tiene nada que ver, él que analiza unas veinte historias judías en El chiste en su relación con el inconsciente. Aquí la historia: tres madres platican entre ellas: hablan de su descendencia -¿y de qué otra cosa podrían hablar?- "Mi hijo, dice la primera, es médico. - Mi hijo es abogado, agrega la segunda- . Mi hijo, dice la tercera, paga a alguien, cuatro veces por semana ¡sólo para hablar de mí!"

Lacan lo constató también en análisis, hablamos de nuestra madre: "La más mínima conversación nos muestra que el amor de la madre es la causa de todo". Pero también agrega inmediatamente: "No digo que tenemos siempre razón, pero es sobre esto que intrigamos todos los días. Es lo que resulta de nuestra experiencia cotidiana."[3]

Los analizantes vienen efectivamente a análisis con sus madres, en el sentido en que, como en esta historia judía, hablan de ella. "Hablan de amor (…) no hacemos más que esto en el discurso analítico"[4], decía también Lacan. Y si en primer lugar, hablamos de amor para intentar detectar lo que no funciona con la pareja, agreguemos que hablamos también de ese primer amor por la madre con quien frecuentemente se han jugado los primeros dramas del pequeño sujeto que hace prueba del amor por alguien que no es él mismo.

Así, ya sea para un hombre o para una mujer, preguntarse cómo convertirse en madre o padre o, aunque ya lo sea, o no se llegue nunca a serlo, que se le enfrente o que se lleve de maravilla con ella, y que ella esté viva o muerta, hablamos siempre de la madre.

Abordaremos el tema de "la madre" tratando de ver cómo ella se presentifica in absentia -aunque físicamente esté ausente en el consultorio, está muy presente en el discurso del analizante - y qué saber puede extraerse de los dichos que la implican. Se trata entonces aquí, de abordar a las madres de las que se habla en análisis.

 

Sin instructivo

Desde el punto de vista del discurso analítico, existen tantas madres como sujetos que se dirigen a un analista. Esta proposición puede parecer una paradoja ya que desde ésta perspectiva ¿un hermano y una hermana, o en caso extremo los gemelos, no tendrían la misma madre? En términos de su genoma, no hay ninguna duda, tampoco respecto al estado civil, pero subjetivamente, inconscientemente, tienen sin embargo una madre distinta.

Y esto se debe sin duda a la manera en que una madre puede recibir diferentemente a sus hijos, según el lugar que ocupan en la familia, su sexo, la facilidad o la dificultad con la que los concibió y los trajo al mundo, la pareja que eligió para concebirlos y educarlos…

En resumen, según la historia que ella se contó sobre ellos, es decir, el fantasma que precedió su llegada al mundo, y más tarde, al recibimiento que les dio. Pero, más allá de la manera en la que una madre puede recibir un hijo, lo que el sujeto escuchó con su escucha singular, la pequeña historia que se le transmitió al respecto, eso es lo determinante en la relación a su madre y a los otros.

Para mantener nuestra referencia al caso extremo de los gemelos, mencionemos el caso de ese analizante nacido algunos minutos después de su hermano, bajo condiciones milagrosas ya que nadie lo esperaba (el ultrasonido no existía en ese entonces) y que debe su elección en el amor maternal, a la sorpresa que fue para su madre su llegada al mundo; él fue el inesperado, y por ello, el preferido - en todo caso, es como él lo percibió.

Pero, ¿De qué tipo de madre se trata en análisis, en el discurso de los analizantes? Encontramos que una de las especificaciones principales es que las madres también son mujeres. Y es en tanto que mujeres que hacen síntoma para sus hijos, que sufrirán y eventualmente se quejarán.

 

Madre y sobre todo mujer

Entre las figuras eminentes de la madre, la madre judía se presta fácilmente a la broma. Así inquebrantablemente como invariablemente acusada de Hibris, hace reír y también puede hacer llorar.

Otra historia, de las muchas que se cuentan, nos llama la atención: una madre ofrece a su hijo dos corbatas, una roja y una azul. El hijo llega a visitarla el viernes siguiente con la corbata azul, ella le dice, sin ni siquiera saludarlo: "Te pusiste la corbata azul, ¿no te gustó la roja, verdad?"

¿Qué es lo chistoso de esta historia? La madre confronta a su hijo a un imposible, el de satisfacerla, si no como madre, digamos que como mujer, en la medida en la que ella se manifiesta a él, en la dimensión de su falta. Ahí donde hubiéramos esperado que una madre reciba a su hijo con alegría, aún más viendo que le había atinado con su regalo, al contrario, pone el acento en lo que en este regalo falló. Algo en este regalo, que representa su ser madre para su hijo, es el objeto de un rechazo -esto es lo que salta a la vista y va hasta eclipsar la llegada de su hijo.

Si una madre puede quedar satisfecha, una mujer como tal no. O digamos que fieles a Lacan decimos, "madre" es lo que en una mujer puede encontrar satisfacción en relación a sus hijos; mientras que "mujer", lo que queda fundamentalmente insatisfecho en una mujer, con hijos o sin ellos. Así, las dos instancias cohabitan en la mayoría de las madres y sobre todo en la mujer.

Desgracia para el hijo de la madre de las corbatas: que pretendía señalar únicamente con un gesto que el regalo de ella lo satisfacía y ella responde a este gesto con el de una insatisfacción inversamente proporcional. Aquí tenemos al hijo obligado a constatar la insatisfacción de su madre, peor aún, a tomar esta insatisfacción como suya. Si nos reímos de la madre, nos reímos también del hijo ya que visiblemente no ha renunciado, durante todo el tiempo que convive con su infernal madre, a querer satisfacerla.

Conclusión, más le hubiera valido al hijo que su madre no le hubiera regalado nada, ya que nos damos cuenta que no puede contentarse con ofrecerle una sola corbata. Más hubiera valido que no se hubiera manifestado como una madre para su hijo, ya que en el momento mismo en el que aparece, surge en ella la mujer y su insatisfacción. Pero apenas la mujer se perfila detrás de la madre, vemos al hijo petrificado y silencioso, ya que ahí está el desplome de la historia: el hijo permanece callado tomando a su cargo en silencio y con estupor la insatisfacción de su madre.

Consideremos sin embargo que ser madre y esperar siempre más de sus hijos en cuanto a su satisfacción no es una especificidad de las madres judías. El éxito de la emisión de tele-realidad ¿Quién quiere casarse con mi hijo? -poniendo en escena a hombres pegados a sus madres a quienes les corresponde la responsabilidad de la elección de una mujer- apasiona a una buena parte de tele-espectadores franceses. Suponemos que muchos de ellos se reconocen en estos extraños candidatos al matrimonio.

Las madres italianas también tienen lo suyo. Ellas invaden tanto las parejas de sus hijos que la iglesia católica lo ha destacado creando el neologismo mammisto para designar este tipo de hijo que siendo ya adulto "toda elección (…) debe necesariamente pasar por la aprobación materna", la madre es así considerada como la verdadera pareja psicológica de su hijo, mientras que la esposa no es más que "un sustituto"[5]; el mammista verá desde ahora su matrimonio religioso anulado por la iglesia en caso de separación a la demanda de la esposa dejada.

La madre no es sin la mujer, esto es en todo caso -más allá de las madres francesas, italianas y judías (por no decir las otras)- la manera de abordar la cuestión de la madre en psicoanálisis. Es así como los analizantes lo testimonian a menudo. Es en este sentido que J.-A. Miller puede oponer dos figuras, la de la mujer y la de la madre: "¿Qué es la mujer, en el inconsciente? Es lo contrario de la madre. La mujer (…) es el Otro que encarna la herida de la castración, es el Otro impactado en su poder."[6]

Digamos que si madre y mujer no se confunden, es justamente cuando una madre aparece como mujer -con la dimensión "sin límite" que comporta esta noción- que hace síntoma para sus hijos y eso, aún más cuando estos pretenden hacer suya su insatisfacción.

Notemos sin embargo: si reímos fácilmente de la asociación madre-hijo, las relaciones madre-hija no son menos complicadas[7]. Y es por eso que hemos elegido, en relación a las madres tal como el discurso analítico da acceso, referirnos a un caso en que la madre aparece a través del prisma de la mirada de su hija. ¿Qué nos revela la relación sintomática que una hija puede tener con su madre como mujer? Es lo que nos indicará el caso de Lisa.

 

El mal de madre

Cuando se convierte en una joven mujer, Lisa se crea ocasiones para enfrentar a su madre. La quiere pero a veces la odia. ¿Por qué? Ella no sabe decirlo.

Con el análisis, entiende que le reprocha a su madre no haber sabido transmitirle lo esencial de lo que le preocupa en ese momento, a saber, qué es una mujer y especialmente, en relación a los hombres. "No hay relación sexual"[8] ha podido decir Lacan, es decir, que no hay relación (en sentido matemático del término) entre los sexos, no hay relación que pueda hacer que dos puedan hacer Uno. Lisa se enfrentaba a esta ausencia de relación, sin poder resolverlo. Creía no solamente que existía un método que permitiría hacer pareja, sino además que su madre, la mujer que la precedía y la había traído al mundo, tenía la responsabilidad de trasmitirle este saber.

El cuerpo vivo era puesto al frente de la escena, con su exceso de vida, que Lisa sabía cómo usar, es con él con quien debía aprender a compensar. Mientras tanto, ella se enfrentaba radicalmente a lo imposible que hace el núcleo de la relación al Otro. Las disputas con su madre eran para tapar este imposible al mismo tiempo que le daban forma.

Su madre no sabía transmitirle este saber y Lisa se negaba a admitir que quizá su madre tampoco disponía, como ella, de este saber: el amor que le tenía se convertía a veces en resentimiento. Ya que su madre no jugaba manifiestamente el juego de la transmisión hasta el final, Lisa hizo la huelga del saber y entonces se puso mal, sin tener la menor idea de la manera en la que se comporta una joven, hizo así mismo la huelga del comportamiento. Aunque no se podía decir que fuera una joven bien portada, se puso esporádicamente a molestar, tanto como ella se sentía molesta. Como otras jóvenes de su edad, jugó a ser rebelde para no parecer muy bella.

También le sucedía sacar de quicio a su madre para poder localizar en su campo -en la cólera de la madre provocada por la hija- la molestia que le afectaba y que no lograba subjetivar. Esperaba entonces inconscientemente, que le prohibieran esas salidas en las que algunas llamas podrían encenderse.

Tomada en esa vida de exceso que la molestaba, Lisa no se sabía solamente diferente a los hombres, sino que se sentía Otra de ella misma. Esto dificultaba más la cuestión de encontrar una adecuada manera de establecer una relación con los otros. Aunque nunca le pidió consejo a su madre -ella misma ignora lo que la cuestionaba- no podía tampoco aceptar que su madre no le ayudara.

El enojo del Otro era a la vez la prueba de que el Otro se confrontaba igual que ella a esta vida que la desbordaba, y una tentativa de localizar la suya en su seno. Ya que atrapada en este fenómeno, el enojo de su madre es el signo de su propio exceso de vida, de su goce de mujer, exceso que no le impide sin embargo inventar una manera de hacer pareja.

Lisa era la prueba viva. Aunque ella provocara a su madre en el enigma que la trabajaba, a pesar de algunas reprimendas sonoras y justificadas, no lograba nunca más que el espantoso silencio de los espacios infinitos.

 

A chica perfecta, madre satisfecha… y de regreso

Los desacuerdos que Lisa tenía con su madre se interrumpieron después de una confesión de impotencia de su madre. Su madre reconoció ya no saber qué hacer con ella, no lograr ayudarla y sufrir de sus episódicos malentendidos. Desde entonces, Lisa buscaba, como el hijo de las corbatas, satisfacer a su madre.

Estaba mejor, para no abrir más la falla que ha descubierto en el campo del Otro. El despertar de la primavera termina para ella con un despertar. Evitar este despertar implicaba un nuevo sueño. En efecto, si paradójicamente Lisa había buscado esa confesión de impotencia en su dulce furia de adolescente, una vez que fue formulada, no hace más que intentar borrarla, como si se tratara de una herida. No estaba lista para aceptar lo imposible: que la confesión de impotencia era el velo.

Más precisamente, después de haber intentado a veces con su madre, y más tarde con su padre, obligarlos a sacarla de la dificultad en la que se encontraba -y constatar, vergonzosa, que no podían hacer nada por ella- ella comenzó a emerger. En apariencia, eso fue para ella un progreso que ofrecía a sus padres para que encontraran un poco de la consistencia que les permitía ser un apoyo para ella. Se lo ofrecía a su madre en primer lugar, para que, de su ser de madre, de ser posible satisfecho, obtuviera de regreso la certeza de que una mujer puede saber hacer con su feminidad.

Ubicado el lugar exacto donde ella había encontrado los signos de la inconsistencia materna, Lisa pretendía ahora, hacer consistir a su madre como mujer toda[9]. Esta pretensión tenía su lógica implacable: si por lo menos existía una mujer que estuviera satisfecha ¿por qué no otras? ¿Y por qué no Lisa a su vez?

Pero este cálculo, para ser aún más sutil e inconsciente, estaba también destinado al fracaso. Se revelaba a su vez una defensa contra lo real de esta vida que se manifestaba especialmente en algunos momentos de su existencia y que las palabras no podían decir.

Ventana sobre el real[10] de su feminidad, el fantasma inconsciente de Lisa le daba sentido a eso que, de esa vida de cuerpo, puede ser organizado, contado, puesto en palabras. Pero Lisa no apostó a inventar una manera propia de ser una mujer, sino que lo hizo a condición de renunciar a saber lo que debe ser una mujer.

Para llegar ahí, le faltaba entender cómo su fantasma inconsciente le daba forma a eso que, de la vida, puede ser tomado por las palabras, ordenadas en una historia.

Ahora bien, también había eso que de la vida del cuerpo, escapaba a ponerlo en palabras. Y es precisamente por esta porción de vida que no se ordenaba en su fantasma, que Lisa adolescente había reprochado a su madre no haber podido ayudarla. Ya que "el goce femenino" como lo nombra Lacan (que se siente en el exceso en relación a las palabras) hace así agujero en el sentido; la insatisfacción crónica de algunas mujeres es valorada por la dificultad de usarlo.

Sobre el litoral de su fantasma, Lisa atrapa la disyunción entre lo que, de la vida, puede ser dicho e interpretado y eso que de esta vida no se ordena con el sentido. Ya que no es solamente la manera en la que su fantasma daba a su existencia un lado singular lo que la dejaba sola, sino esa parte de la vida que la hacia Otro para ella misma, y así otra forma de estar sola.

 

La princesa y la bruja

Desde este doble exilio tanto para los otros como para ella misma, Lisa se parecía, al principio de su vida de mujer, a una princesa de esas que rondan los cuentos de hadas, cuyo éxito en las niñas (mujeres ya de alguna manera) da cuenta perfectamente de la verdad que aportan. Al igual que su madre -que no estaba en el lugar donde ella la habría esperado- se enfrenta cada que quería a las madrastras y a las brujas, esas madrastras figuras a la vez de mujer y de madre, figuras de mujer en la madre, de la cual, su madre tomaba a veces la máscara.

Su madre, que le parecía a menudo mucho más bruja de lo que se había esforzado en convocarla en ese lugar, era entonces, como tal, la sombra de ese goce que Lisa no podía reconocer como suyo. Ahí está en efecto el núcleo del estrago madre-hija, tal como Lisa lo vivió: no era tanto la madre que estragaba a la hija, ni tampoco la mujer en la madre, sino la manera en la que la hija trataba de localizar su enigma de mujer.

Ya que, sobre este goce, ningún uso se transmite de padres a hijos, ni de madre a hija, lo que se entrevé en un análisis, permite ganar en vitalidad, en un fondo de gay-saber.

 

Medea y el Príncipe Azul

Pero una vez identificado en análisis ¿qué hacer con este goce?

Si en los cuentos de hadas, la bruja se esfuma clásicamente con el príncipe azul -quiero decir que la bruja desaparece cuando el príncipe azul ejerce por fin su encanto sobre su bella- es porque hay un parentesco entre las dos figuras, la de la bruja y la del príncipe azul. ¿Quiere decir entonces que el príncipe azul triunfa ahí en donde la madre falla en la relación con la hija? Sí y no.

Los príncipes azules se apresuran en los cuentos de hadas, a casarse con las princesas y hacerlas madres: "se casaron y tuvieron muchos hijos", así terminan invariablemente los cuentos de hadas. ¿Por qué esta conclusión? Es quizá porque los príncipes azules les dan a las elegidas de su corazón con qué ser un poco menos mujeres (es decir, menos tomadas por el goce que las hace Otro de ellas mismas) y más madres (encontrando en los hijos la manera de hacer freno a la falta con que les confronta su feminidad).[11]

Un hijo puede, en efecto, ser asignado a ese lugar para una madre. Así él se convierte - paradoja aparente- en un freno a un exceso de vida. Pero un exceso que hace agujero en el sentido, ya que es indecible, un exceso de vida que implica una falla en el saber hacer y deja con esta lógica a una mujer insatisfecha.

La insatisfacción de una madre como mujer debe ser referida al uso del goce que la hace mujer. Obstáculo a la insatisfacción de mujer, he ahí el lugar que puede ocupar de manera sintomática un hijo. Hacer de una mujer una madre posibilita así, en tal caso, a un hombre, a no tomar por mucho tiempo esa carga, eso que de la feminidad de su mujer, lo confronta en su propio deseo, y lo que ello supone de la castración.

¿Es por eso que devenir madre para una mujer es un tratamiento adecuado de su feminidad? Seguro que no. Como lo nota J.-A. Miller "volverse mujer y ser madre no se recubren mutuamente."[12]

Este resto es lo que nos revela otra historia, ya no sacada de los cuentos de hadas sino de la mitología griega: la historia de Medea.

En esta tragedia, Jason es en efecto amante y amado -siempre y cuando acepte pagar por esta parte de la vida que habita Medea y la desborda, pero que ella localiza en él, en el amor que le tiene. Sin embargo, si Jason ya no la ama más, entonces se convierte en objeto de ferocidad implacable. Y si Medea sacrifica en su ira a sus propios hijos al odio que le inspira el traidor, es para tocarlo de la manera más cruel posible, y es también porque pretende decirle esta verdad desnuda: una madre no es por ello menos mujer, y es mujer para ser amada por un hombre.

El infanticidio al que se entrega es la prueba contundente que la convierte en mujer, liberada de la madre que hay en ella. Ya que justamente, ¡ser madre no es una solución al problema que plantea la feminidad! "Todas quieren procrear"[13] notaba Lacan, pero revelando de paso que ser madre no es suficiente para tratar lo que, del goce femenino, hace enigma para una mujer. Medea lo demuestra muy bien.

¿Entonces? ¿Se casaron y nunca tuvieron hijos? Si seguimos aún a Lacan, "El hombre es para la mujer todo lo que se quiera, a saber, una aflicción peor que un sinthoma (,) incluso un estrago."[14] Un hombre es un estrago para una mujer en la misma medida en que una mujer capta, aunque sea por intermitencia, que el lazo que la une a este hombre no es, igual que el que la liga a su madre, el lugar donde ubicar su goce de mujer.

En este punto preciso, consideramos que un hombre amado hace, para una mujer, de su madre, en el sentido en que experimenta su impotencia. Y si, al término de un análisis, una mujer debe renunciar a creer en el príncipe azul, ella escapa igualmente y en el mismo movimiento, a los hechizos de las brujas que las madres (o lo que ocupa ese lugar) son (pero no solamente) para las hijas.

Así entonces, ni madre, ni hijo, ni hombre amado que ofrezca una solución al problema que una mujer encuentra como tal. Devenir madre no puede constituir un tratamiento posible de la feminidad sino a condición de fracasar, como lo revela la historia de la madre de las corbatas. La Medea que duerme en cada madre está también resueltamente sola. Sólo puede contar con ella misma para resolver lo que es el nervio de su feminidad, es decir, lo que la desborda de la vida. ¡Y desgracia para sus hijos si quiere que ellos la ayuden! Ya que la insatisfacción de una mujer, así sea madre, es el cántaro de la Danaides.

Un análisis puede también acabar en la conclusión de que una mujer debe hacerse responsable de lo que habita en su insatisfacción. Bajo esta condición es que encontrará un límite a los daños que puede causar a su progenitura, bajo reserva de que sus hijos no la usen para su estrago -lo cual es posible.

 

No es mujer quien quiere

Hemos centrado el acento sobre otras facetas de la madre tal como lo pone en evidencia el discurso analítico orientado por la enseñanza de Lacan y la lectura de J.-A. Miller. Sin embargo hemos elegido aclarar algunos puntos, en donde en el mismo cuerpo, una madre se revela habitada por una mujer.

Que se trate de Lisa, de su madre, de Blanca Nieves, de la madre de las corbatas, de la bruja o de Medea (que en su furia las rebasa a todas - y por mucho), ninguna de estas mujeres se parece a otra, y ¿cómo sería cuando ella se sienta mujer en tanto Otro para ella misma? Consideremos en esta perspectiva que no hay dos madres idénticas, porque las mujeres que también son madres, hacen frente al goce que las habita de manera singular -no igual a las otras.

Se trata para nosotros de indicar que "mujer" y "madre" son dos funciones que se encarnan de manera variable. Si a través del caso de Lisa, elegimos atrapar estas dos instancias de la madre y de la mujer con un sujeto de sexo femenino en la relación que lleva con otro sujeto de sexo femenino, es que los puntos que quisimos destacar se ven mejor en la relación madre-hija que en la relación madre-hijo.

Dicho esto, agregamos que nada en el discurso analítico hace obstáculo a que un hombre pueda tomar el lugar de madre para su hija o su hijo. Un padre podría en este sentido ser una madre como las otras. ¿Y por qué no? Lacan indicaba al respecto que lo que especificaba como "goce femenino" no dependía de la anatomía del que lo afrontaba.

Inversamente, si una madre no se sometía al goce que se especifica de ser femenino, encontrará, apostemos, otra manera de "fallar" la educación de sus hijos. Ya que aunque sea biológicamente hombre o mujer, habitado o no por ese goce dicho "femenino" padre o no, educar un hijo es una misión imposible[15].

Si podemos avanzar aún en esta perspectiva -que hombre y mujer no son necesariamente los padres biológicos de un hijo para ocupar esta función de madre para él- es a condición de admitir que, cualquiera que sea su sexo anatómico y más particularmente su régimen de goce, una madre no satisface perfectamente su función.

Mientras que Donald Winnicott ponía el acento en la necesidad para una madre de ser "suficientemente buena", el psicoanálisis lacaniano pone más bien el acento en el hecho de que "no hay un método suficientemente malo"[16] en cuanto a la educación.

Un analista está bien ubicado para saber que los analizantes vienen a hablar de lo que falla, quejarse de lo que sufren, en particular en la relación con los otros -como (ex-) niños o padres especialmente. Es entonces lógico que se ponga el acento en esta dimensión. ¡Hay otros en la relación madre-hijo o hijo-madre!

Notemos además que un análisis no está hecho para "normalizar" o hacer a las madres o las futuras madres más "exitosas". ¿Y en función de qué norma lo haríamos? Así y eso va a la par, un analista no está para juzgar la manera en la que una madre se las arregla con sus hijos.

Sin embargo, ante el anunciado fracaso de las madres en la relación con sus hijos, las que lo desean pueden esperar de un análisis que les permita reconocer este goce que las deja ausentes de ellas mismas como sujetos. A partir de ahí, el uso que hagan de ello encontrará un límite a lo que pueda haber de sintomático en el lazo madre-hijo.

Dicho de otra manera, la experiencia analítica hace posible que no busquen que sus hijos tapen el enigma que constituye para ellas su goce de mujer, sino que encuentren cómo hacer otro uso (en el lazo que ellas tienen con ellos por cierto), y sin pagar el precio de un sufrimiento que se vuelve in fine facultativo.

En la medida en que la experiencia analítica permite a una madre referir su insatisfacción al punto de real de la mujer que la habita, el principio de estrago mortífero, del que algunas madres hacen la experiencia en tanto que mujeres, puede convertirse en el principio mismo de una ganancia de vida y la materia para algún apoyo de sus hijos en la existencia. En ese sentido, la experiencia analítica no nos prepara para ser madres -nada lo prepara- hace sin embargo "el amor más digno[17]", como lo avanza Lacan.

El hecho es que ninguna madre adquiere nunca definitivamente un uso apropiado del goce que la hace mujer. Así, desde el saber que se extrae de un análisis, le queda a cada madre la necesidad de confiar en la invención, reviviendo constantemente la relación que tienen con sus hijos.

Y si, a pesar de un análisis, una madre, mujer en esencia, se sabe incapaz de ofrecer menos de dos corbatas a la vez a su hijo, que importa después de todo… le quedará a su hijo aprender a inventar con su madre como con él mismo. ¿Y si no lo logra? Nada le impide entonces a su madre animarlo a hablar de ella algunas veces por semana.

Traducido por Cinthya Estrada

NOTAS

  1. Publicado en ÊTRE MÈRE Des femmes psychanalystes parlent de la maternité, Navarin /Le Champs Freudien, Paris, 2014.
  2. Anaëlle Lebovits-Quenehen, maestría en Filosofía y Psicoanálisis, psicoanalista, directora de la revista Le diable probablement.
  3. Lacan, J. El seminario libro IX, "L´identification", lección del 21 de febrero 1962, inédito.
  4. Lacan, J. El seminario libro XX, Encore, texto establecido por J.-A. Miller, Paris, Seuil, Coll. Champ Freudien, 1975, p 77.
  5. Monseigneur Rigon P, citado y traducido por Biagi-Chai F., en "Mammismo". "Anulación de matrimonio por causa de madre demasiado presente" en Lacan Quotidien, n 394, 16 abril 2014, disponible en internet.
  6. Miller, J-A., "La orientación lacaniana. Donc" (1993-1994) enseñanza pronunciada en el cuadro del departamento de Psicoanálisis de la Universidad Paris VIII, curso del 30 de marzo 1994, inédito.
  7. Cf. Lacan., "L´étourdit" (1972), Autres Ecrits, Paris, Seuil, coll. Champ Freudien, 2001, p 465.
  8. Lacan, J., El seminario, libro XX, Encore, op.cit., p 131.
  9. Cf, en especial Lacan, J., El seminario, libro XX, Aun, op cit "la mujer no es toda".
  10. Cf Lacan J., "Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela" (1967), Autres Ecrits, op.cit p 254.
  11. Cf. Lacan, J., El seminario, libro XX, Encore, op.cit., p 36.
  12. Miller, J.A., "Medée à mi-dire", La lettre mensuelle de l´ECF, nº 122, septiembre-octobre 1993, p. 20.
  13. Cf. Lacan., citado por Miller J.-A., en ibid, "La lógica de la cura del pequeño Hans según Lacan", La cause freudienne, nº 69, 2008, p 110.
  14. Lacan J., El seminario, libro XXIII, Le Sinthome, texto establecido por J.A. Miller, Paris, Seuil, coll. Champ Freudien, 2005, p 101.
  15. Cf. Freud S., "Preambule á la primeer edition" (1925), in Aichorn A., Jeunesses en souffrance. Psychanalyse et éducation spécialisée. Aime, Champ Social, 2005, p 5: "tres materias imposibles: educar, curar, gobernar".
  16. Laurent, È., in Miller J.-A., " L´orientation lacaninanne. L´experience du réel dans la cure analytique" (1998-1999), enseñanza pronunciada en el cuadro del Departamento de psicoanálisis de la Universidad Paris VIII, curso del 10 de marzo 1999, inédito.
  17. Lacan, J., "Note italienne", Autres écrits, op. cit., p 311.