GLIFOS
REVISTA VIRTUAL DE LA NEL-CIUDAD DE MÉXICO | Nro. 10 - AGOSTO 2018
 

NOCHE DE ESCUELA: ¿Cómo habitamos la Escuela?
Ciudad de México, 20 de junio de 2018

Los nombres en la Escuela
Edna Gómez

Ha ocurrido que hacerme un lugar en la Escuela no ha sido sin la historia desde la temprana infancia, en la que el nombre de Freud despertó en mí una intención de ocuparme un día, como él, de aquello que pasaba en un diván. Hice rodeos largos y finalmente me aproximé de tal forma a ese nombre, que creí poder emularlo incluso en un estilo. Los nombres producen identificaciones profundas…y locas. El nombre Lacan vino muchos años más tarde y con éste, hice una idealización acerca de la beligerancia desde la que me podría hacer escuchar. Afortunadamente también con la beligerancia alcancé a reconocer la propuesta amorosa que sostiene la estructura de Escuela aún –hacer vigente la subjetividad y el psicoanálisis que la aloja- y que como propuesta amorosa, requiere de entrar castrados a ella, para convertirla en acto. Fue durante el lapso con el nombre de asociada, que puse a prueba si podría pasar por las pérdidas que veía ya tan cercanas: la del lugar de la excepción, la de un goce inercial, la de la razón. Con ese nombre –asociada- no hacía ya cadena y tampoco me forzaba a identificarme con él, como pude haberlo hecho con mi nombre propio.

Para mí ha resultado que en la Escuela, los nombres que ella otorga, son encarnados y eso es algo del real con el que he tenido que vérmelas; una forma de hacerlo es reconocer esos nombres, más allá de las personas que los portan. El nombre de miembro que me fue atribuido hace unos cinco meses, había que encarnarlo para hacerlo funcionar. A pesar de que yo demandé ese nombre, cuando el Otro de la Escuela lo cede, para mí hubo una caída del -de por sí- poco saber que me supongo. Quedar en blanco fue mi situación en las primeras semanas que siguieron, luego, he ido entrando en una relación menos obsesiva con el saber. Mi posición es cada vez más sola y con ese nombre que ocupo, que habito, del que a veces me valgo, trato de responder a la propuesta amorosa y consigo realizar un trabajo, como dice Gorostiza al servicio del discurso psicoanalítico en que me he inscrito.

Hay una diversidad de nombres que la Escuela concede, algunos por petición y otros sin que hayan sido demandados, pero ninguno de ellos está dispuesto para dar una consistencia a quien lo porta. Son propuestas de lugares que son funciones. Se trata de nombres que van más allá de la persona produciendo movimientos que diluyen los sentidos simbólicos y los imaginarios. Así, me parece que cualquier nominación es una estrategia, una provocación para producir un vacío en torno al cual girar, alrededor del cual poner a circular la palabra intentando hacer existir la Escuela.

De este modo, las nominaciones significan un lapso, una discontinuidad que se puede velar, desconocer o a la que se le puede hacer producir algo, ponerla al trabajo y progreso de la Escuela. Esperar a que sean sólo algunas nominaciones las que inviten a la elaboración, es dejar pasar la oportunidad de vivificar el deseo por esa escansión. Es desde cada uno de los gradus analíticos, desde donde hay que enunciar, es decir, consentir a ocupar el lugar de la enunciación.

Encuentro una articulación entre el Otro que me nomina, que me enuncia y el lugar de la enunciación a que me autorizo, con otros. No sólo los otros imaginarios frente a los cuales puedo hacerme llamar de una determinada forma -sea que esos otros admitan o no dicho nombre- sino con otros a los que he colocado como autoridad en tanto autores de su propio decir y por un saber que están siempre poniendo a prueba.

Pero también hay algo que la nominación no nombra, ese punto ciego singular de cada quien, ese real que me enlaza con la Escuela en el decurso topológico de la extimidad.