GLIFOS
REVISTA VIRTUAL DE LA NEL-CIUDAD DE MÉXICO | Nro. 10 - AGOSTO 2018
 

NOCHE DE CARTELES
Ciudad de México, 5 de julio 2018

Suicidios en el siglo XXI o cómo pasamos del "pegan a un niño" al "bullean un niño"
Abraham Hernández Gaytán

La muerte como significante es un punto final a la palabra, del hacer, del deber ser; punto final de un sentido y el destino inalterable de la pulsión. A pesar de que continuar con la vida es un acto de permanencia, se nace para morir. Y aceptar el reto de vivir implica afrontar los peligros. ¿Cuáles son para un adolescente?

Pongamos un ejemplo:

En 2017 se estrenó en Netflix la serie 13 Reasons Why (Por Trece Razones), cuya transmisión originó los más diversos debates con respecto a la pregunta de la sinopsis: ¿Por qué se suicidó Hannah Baker?

Hannah, personaje central y ficticio de la serie, objeto de burlas y abusos por parte de sus compañeros de escuela, decidió poner fin a su vida, no sin antes hacerse visible bajo la vía de la responsabilización directa a otros de un acto que le fue enteramente suyo: su suicidio.

Las trece razones se convirtieron en un fenómeno mundial entre padres temerosos de que la explicitud se torne fuente de inspiración al suicidio y personas que la enarbolaron como emblema de la lucha por la denuncia del acoso escolar. Ambas visiones las considero parciales puesto que dejan ocultos matices y me parecen un discurso puesto sólo desde el semblante. Al respecto, lanzo un cuestionamiento:

¿Qué ocurre si alguien considera a la propia muerte como una resolución a la angustia que le habita como ser hablante? Detallemos: ¿Qué nos angustia hoy? Nos angustia la prevalencia y el consumo de la "buena" imagen, pero ¿y si nadie nos ve? O bien, ¿si aquel que nos ve logra observar la diferencia que nos habita y le resulta insoportable y nos destruye? ¿En qué manos de qué otro somos colocados? ¿Cuál es el destino final del juego de las diferencias entre compañeros de clase?

La experiencia escolar no puede ni podría entenderse sin considerar que la violencia apunta hoy a muy diferentes formas de voluntad de dominio y satisfacción sádica.

Freud analizó la relación establecida entre el sádico y el masoquista, cuyo vínculo implica el intercambio de las posiciones adoptadas por sus actores con el objetivo de la obtención de placer. Más allá del límite del placer aparece el dolor: el goce, esa satisfacción paradójica que el sujeto obtiene de su síntoma, el sufrimiento que deriva de su propia satisfacción. En Pulsiones y destinos de pulsión, Freud señala que, en la neurosis obsesiva, de la manía de martirio surge el automartirio, el autocastigo, no el masoquismo, y no por ello deja de producir goce.

Existe aquí un espiral, puesto que el masoquismo implica una relación con alguien más, bajo dicho vínculo, mientras que el automartirio es dado por el propio sujeto. Una acción de sí mismo para sí mismo.

Un detalle que no debe obviarse es que ahora se multiplican las formas de obtención de goce y se enreda con el declive de la autoridad, la promoción de la mirada como objeto de goce y la desorientación adolescente respecto a las identidades sexuales (Ubieto, 2016).

Su conjugación en el ámbito escolar nos remite al bullying. Si rechazamos su aparición reciente y lo tomamos incluso como rito de iniciación es necesario responder ¿de dónde viene?

 

Freud en el siglo XXI o cómo pasamos del Pegan a un niño al Bullean a un niño.

"Puesto que la representación-fantasía "un niño es azotado" era investida con elevado placer y desembocaba en un acto de satisfacción autoerótica, cabía esperar que también contemplar como otro niño era azotado en la escuela hubiera sido una fuente de parecido goce. No obstante, no sucedía así. Co-vivenciar escenas reales de paliza provocaba repulsa […] se sentía como insoportable. Por otra parte, en las refinadas fantasías de años posteriores se establecía como condición que los niños que recibían el correctivo no sufrieran un daño serio […] Al comienzo no fue posible decidir siquiera si el placer adherido a la fantasía de paliza debía caracterizarse como sádico o masoquista".

Sigmund Freud, Pegan a un niño (1919).

Cien años después y siguen pegando a un niño, pero quien le observa no lo hace desde el mismo sitio ni obtiene la misma satisfacción. Quiere más.

La escuela hace que el sujeto se enfrente por vez primera a los presupuestos con los cuales uno mismo se relaciona con los otros. Ese presupuesto que delimita y en el que se enmarcan las relaciones, ese presupuesto que tiene la forma de un axioma inconsciente, es a lo que denominamos fantasma (Miller, 2009). Un fantasma que se vuelve fijo y tiende a repetirse en cada nueva relación.

¿Entonces cuál es el fantasma del chico nuevo? ¿Y cuál es el de quienes lo ven llegar?

En Pegan a un niño (1919), Freud señala que la fantasía de paliza se concibe como un rasgo primario de perversión. Establece como hipótesis que uno de los componentes de la función sexual se separa, se vuelve autónomo y aunque puede no presentarse en la adultez, su presencia da pie a la perversión. Pero ¿qué lo ha fijado ahí? Esta fijación, -detalla- puede carecer de fuerza traumática, ser completamente trivial e inconsciente para el sujeto. Esto incluye que la labor analítica implica levantar la amnesia oculta para el adulto de su vida infantil, puesto queel fin de análisis debe tratarse en términos del fantasma y no del síntoma.

Pero el hecho de que peguen a un niño no es fantasmático a simple vista, puesto que aparenta ser sintomático: que le peguen se ve como síntoma, que el niño pegue también. "Seguro tiene baja la autoestima, seguro sus papás se pelean en casa". En las terapéuticas actuales se apunta a un levantamiento del síntoma sin considerar que hay un juego de sadismo y masoquismo a partir de un fantasma que debe desenmarañarse.

De apuntarse al simple hecho de eliminar el bullying, el psicoterapeuta o autoridad escolar se coloca en un Discurso del amo cuya intención es sólo que las cosas marchen bien. Pero el hecho de que las cosas anden bien es sumamente contrario al fantasma (Miller, 2009).

De acuerdo con Freud, la fantasía "pegan a un niño" atraviesa por tres fases, y la última se diferencia de las primeras porque el azotar puede sustituirse por castigos y humillaciones de variada índole que son portadoras de una excitación intensa. Esto es concordante con la variedad de formas que se tienen para ejercer el acoso.

El azote (y sus variantes) en Freud se entienden como una destitución del amor. Agradable es entonces que sea otro el azotado y no uno mismo, pues de esta manera se conserva para sí una valoración positiva ante aquellos que otorgan el amor y, por ende, la aprobación social del sujeto no azotado. De esta manera, resulta mejor para el sujeto ejercer bullying que recibirlo.

La fantasía satisface los celos del acosador y recibe apoyo de los propios sentimientos egoístas con la ganancia secundaria de los cómplices. Entiendo este planteamiento freudiano como la base fantasmática de un comportamiento violento y, a su vez, la explicación de aquel que observa en silencio.

 

#TodosSomosHannahBaker

José Ubieto (2016) señala que "víctima" es un significante amo que nombra el ser del sujeto. Pero el psicoanálisis no concibe a las víctimas como seres pasivos, apunta a que su continuidad en dicha posición radica en el fantasma del sujeto y toca lo real de sí mismo.

Una víctima muda es una víctima sin palabra de la que la terapéutica pretende decirlo todo y someter el decir al escrutinio. Así pues, el mirar la violencia es también un mandato de exploración de antecedentes, actos, ideas y omisiones.

Así, las trece razones de Hannah Baker dejaron de serle propias para ser valoradas por personajes y espectadores en términos de validez y gravedad. Se buscan responsables, se dictan sentencias en la segunda temporada, ahora bajo la premisa "Hannah Baker miente". Se desmitifica la inocencia y la ingenuidad de sus actos, se ahonda en su singularidad.

Pero ¿cuánto goce puede extraer Bryce Walker (acosador de la serie) y sus amigos de atentar contra lo diferente de Hannah que se torna intolerable?

Si el capitalismo impulsa a un plus de gozar bajo un mandato de estándares dados, la ruptura con el estándar hace una diferencia que resulta incompatible con el puritanismo, con lo único, con el deber ser del grupo. Es en la brecha que abre la diferencia donde se instaura la segregación.

Y es que segregar, parece que siempre se ve mejor que discriminar. Políticas correctamente incorrectas, pues.

El rasgo de extrañeza de la víctima -que puede ser cualquier persona y cualquier rasgo- fomenta la conducta del acosador. La perduración del acoso engendra la desvalorización de sí mismo que se sigue de un odio de sí, destructivo y mortificante.

El acoso es una forma de sustraer al sujeto su síntoma particular para promover la homogeneidad del goce, por supuesto, desde la visión del acosador. El apartarse de lo homogéneo es causa de segregación. De allí que en algunos casos el suicidio aparezca como la única vía para restituir la dignidad humana (Ubieto, 2016).

Hannah Baker intentó inventar sus propios semblantes, pero la invención amenaza la estabilidad homogénea y el rechazo es la vía de restitución del orden. Ella misma es una invención del sujeto, un modo de arreglárselas con el malestar y que marchó bien, hasta que ella misma no fue suficiente.

En el bullying se configura una relación en donde el primer plano es la angustia y el objeto, en tanto caído. La víctima se reduce a la condición de instrumento de goce para el otro y abdica su propio deseo. Se produce un aplastamiento del sujeto. Hannah es aplastada por los estudiantes de la preparatoria Liberty. Se suicida como llamada al ideal de la esperanza, dado que la identificación con un ideal no sostiene un lugar para el sujeto (Laurent, 2004).

La visibilidad actual de la violencia no viene sola: demuestra que el ejercicio del poder en las aulas ya no puede ser regulado únicamente por el amo-maestro, pues su caída simbólica lo introduce en la dinámica misma del victimario, la víctima y el público. Así, el orientador de la escuela Liberty es la razón número trece.

Desvictimizar a la víctima es la primera forma de devolver al sujeto de la experiencia traumática, la dignidad de ser hablante que podría seguir perdiendo en el juego social de las identificaciones (Bassols, 2014).

En "La vergüenza y el odio de sí", Eric Laurent recuerda la necesidad de Lacan de no olvidar el "sentido trágico" o la "experiencia trágica" que están en el corazón de la cura analítica (Laurent, 2004). En este mismo texto agrega: La vergüenza es un afecto eminentemente psicoanalítico que forma parte de la serie de culpabilidad. Cuando el sujeto dice que es culpable, tiene excelentes razones para ello, es más, siempre tiene razón.

Y en el bullying, sus tres actores son culpables porque el goce obtenido de su posición en la situación de acoso proviene de su propio fantasma. No perdamos de vista el planteamiento de Miller (2009): considerar la existencia de una vergüenza del fantasma. Le avergüenza al neurótico porque plantea una contradicción con sus valores morales. Sin embargo, detalla que el que un neurótico tenga fantasmas perversos, no quiere decir que lo sea (Miller, 2009). De esta manera, considero que la vergüenza se ancla en la barra del sujeto para el psicoanálisis.

La vergüenza, bajo el rayo transformador del amo, se ha convertido en la exigencia del perdón. ¿Se puede perdonar el acoso que finaliza en suicidio? "El perdón absoluto sería perdonar lo imperdonable a quien no pide perdón" (Derridá, 2001 citado por Laurent, 2004). Me pregunto entonces ¿Es la reconciliación la vía regia? No, no lo es.

Laurent es claro: El "avergonzar" de Lacan es un "avergonzar" que no supone el perdón. Pues si el perdón es el mandato, es la vía de la liberación total, la puerta de las comunidades de goce.

Nunca hay que desculpabilizar, sino que hay que desangustiar. El término "avergonzar" se inscribe así en un surco trazado en la tradición freudiana y es un índice de una posición clínica constante en la obra de Lacan (Miller, 2009).

Si el suicidio pudiéramos explicarlo sólo mediante la desesperación, se hace volátil la experiencia del sujeto y su fantasma. En Televisión, Lacan señala que es más bien la "esperanza" lo que conduce al suicidio. La desesperación como significante puede nublar lo que posiblemente es un odio de sí de la víctima surgido de la posición como resto, como instrumento de goce del Otro.

Es claro que quien ha decidido suicidarse y separarse del Otro no escuchará nada, sin embargo, Laurent (2004) sugiere no comprender demasiado deprisa e identificarse con la desesperanza supuesta y la posición depresiva. Esto nos pone al fin frente a la pregunta siguiente: ¿es posible darle vergüenza al homicida suicida diciéndole "mírate gozar"?

Y añado para sembrar la desconfianza necesaria que entrampa el discurso: con el acosado, con la víctima, con el suicida, con Hannah Baker ¿era posible darle vergüenza diciéndole "¿Mírate gozar, Hannah"? Y nosotros como público de 13 Reasons Why ¿Ya nos "miramos gozar"?

TRABAJOS CITADOS

  • Bassols, M. (2014). Victimología. Recuperado el 4 de julio de 2018, de Eurofederation de Psychanalyse: http://www.europsychoanalysis.eu/victimologia-miquel-bassols/?lang=es
  • Freud, S. (1919). Pegan a un niño. Amorrortu Editores.
  • Laurent, E. (2004). "La vergüenza y el odio de sí". Freudiana(39), 25-35.
  • Miller, J.-A. (2009). Dos dimensiones clínicas: Síntoma y fantasma. En J.-A. Miller, Conferencias Porteñas (Primera ed., Vol. I, págs. 65-124). Buenos Aires: Paidós
  • Ubieto, J. (2016). Bullying: sustraer lo singular. En M. Goldenberg, Bullying, acoso y tiempos modernos: Lecturas críticas desde el psicoanálisis de orientación lacaniana (págs. 29-52). Buenos Aires: Grama Ediciones.